Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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VOY A RENDIR homenaje a Paul Newman, me dije. Y escogí Camino a perdición , su última película, en la que interpreta a un jefe mafioso. Dios nos asista , repite insistentemente, consciente de que han sobrepasado los límites del mal, incluso para unos gánsteres. En su país, junto a los elogios como actor, se ha recalcado su constante participación en fundaciones médicas y sus millonarias donaciones para los más necesitados. La muerte de su hijo le pudo adentrar en mares sin retorno, convertirlo en un capitán Achav, perseguidor de ballenas blancas, pero no fue así. En España tendemos a recelar de la bondad, y nos sentimos más cómodos llamándolo compromiso, sobre todo en ciertos ámbitos, pero no siempre implican lo mismo. A mí me gusta pensar en Newman como un buen actor que también fue un hombre bueno. A partir de dicho doloroso suceso, su rostro, icono planetario de la belleza masculina, trascendió el canon griego en el que habitaba y se enriqueció con una nueva gama de recursos gestuales, más sobrios y sutiles, extraídos de su propia intimidad, aunque siempre había intuido que era más gratificante interpretar a perdedores que a galanes. Su destino no era convertirse en Kurtz, como le ocurrió a Brando. Fue su mujer, Joanne Woodward, quien posiblemente le apartó del corazón de las tinieblas, del hombre que pudo haber sido, del olimpo del ego. No se puede interpretar al abogado de «Veredicto final» sin haber recorrido antes caminos sombríos, y haber sido apartado de ellos por la fuerza del amor. Como un Aquiles contemporáneo, tuvo esa bella muerte heroica que es morir en casa, rodeado de los tuyos. No convirtió su existencia en interpretación. El cine es el séptimo arte, pero vivir con nobleza es el primero de ellos.

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