Diario de León
Publicado por
MARÍA DOLORES ROJO LÓPEZ
León

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EL MES DE OCTUBRE es testigo de la entrada en la universidad de muchos jóvenes que llegan a ella, con las ilusiones intactas en sus mochilas y el miedo en las maletas. Gran parte de éstos salen de sus pequeñas ciudades para abrazar esperanzas en las más grandes. Madrid, Salamanca, Barcelona, Pamplona¿ acogen a nuestros pequeños para convertirlos en hombres con carreras que, suponemos, los lanzarán al estrellato de su profesión. Los padres, más ilusionados incluso que los propios muchachos, se esfuerzan por conseguir, no sin multitud de vicisitudes, un hueco en la universidad privada en muchos casos (Pontificia, ICADE, ICAI, San Pablo CEU, Nebrija¿), haciendo gala de un prestigio que lleva consigo el pago de mensualidades importantes como aval de su garantía de calidad. Esto, que se viene arrastrando desde la edad escolar del pequeño donde también se presupone mayor prestigio en la enseñanza privada, no deja de ser una estimación particular que favorece a quienes más dinero tienen y peores expedientes llevan. Pero si el acceso a la universidad es por si mismo complicado, lo es aún más la entrada en un colegio mayor. Entrevistas, expedientes, comportamiento del futuro residente y un sin fin de requisitos dejan a los padres convencidos de la excelencia de la elección del nuevo hogar de su hijo, componiendo el ritual de un acceso que debe prepararse desde mes de abril. Uno se siente impotente ante este control de bondad e inteligencia que se le exige al joven estudiante ante el temor de que su hijo no de la talla. Y si pronto la universidad nos da la seguridad de acogerlo, la decisión del colegio mayor se hace esperar con el rigor de quienes adquieren importancia a base de distanciamiento y lejanía. Por eso cuando llega la ansiada carta de confirmación, nuestras inquietudes parecen detenerse para dar rienda suelta a la confianza de creer que allí estará a salvo de nuestra ausencia y desvelo. Nada parece tan seguro como uno de estos colegios de pro cuyos idearios confirman, desde las normas de convivencia hasta los diálogos de contacto, que no se admiten novatadas y que se penalizará con la expulsión a quienes las promuevan. Tan insignificante se presenta esta cláusula, por la dureza con la parece atajar sus posibles consecuencias, que no causa preocupación en los padres, ni temor en los que se marchan. Sin embargo, los primeros que tienen la necesidad de entrar en ellos porque sus carreras comienzan antes que las de los demás (ej. Arquitectura), van contando al resto como sufren día tras día, y lo que es peor, noche tras noche, los caprichos de la bravucona masa de veteranos que actúan, en la mayoría de las veces, con nocturnidad y alevosía. Desde duchas frías con la ropa puesta hasta que todo queda empapado, a la vez que mojan la maleta recién abierta para que no puedan cambiarse, golpes en el pecho y la espalda ante respuestas que nunca se consideran como buenas en el interrogatorio bajo el flexo, cabezas sobre los armarios en busca de monedas que dejan caer desde lo alto para que nunca lleguen al suelo so pena de fuerte coscorrón contra él, vinagre en las comidas, retirada de desayuno y cena o interminables flexiones en ropa interior en la oscuridad de un pasillo sin fin, son algunos de los inocentes ritos de integración a los cuales los mayores ataviados con camisas de marca y calzado aún más selecto, someten a los afeminados novatos. El terrorismo psicológico culmina cuando se les obliga a dejar la llave por fuera de la puerta y el nuevo debe esperar la tortura silenciosamente, en la oscuridad, con el miedo de no saber qué cruel juego se le ha ocurrido al más cafre de todos ellos para que los demás puedan reírse a sus anchas. Si después de superar estoicamente prueba tras prueba, el novato se niega al consabido botellón, que se organiza con absoluta asiduidad en las explanadas cercanas a los colegios, para ser emborrachado (el alcohol se convierte en el termómetro que marca los grados de hombría de cada cual), las consecuencias pueden ser peores y las novatadas se convierten en absolutos asaltos a cualquier hora y en cualquier momento. Y es que lo que no se perdona es la diferencia. Lo correcto se convierte en motivo de burla y se penaliza. El que transgrede, vence y el que se porta bien, es vencido. La absoluta indefensión que padecen estos muchachos y los dolientes padres, es total. Nadie puede quejarse, por una parte en base al miedo al ridículo que uno hace si tu hijo no quiere pasar por ellas. En este caso, el novato es tildado de raro, débil y anormal. Por otro lado, los propios colegios quitan importancia a estas bromas con las que los mayores quieren integrar disgregando. La solución no sería difícil para terminar con este burdo conjunto de despropósitos que en vez de aunar amistades generan conflictos de todo tipo que sufren en silencio hijos y padres. Al igual que pasa con otros garrafales atropellos sociales, las novatadas se acabarían si no se tolerasen. Siempre que un maltratador cumple su objetivo es porque de algún modo, se le consiente. Y no me refiero a un consentimiento individual y solitario con la poca fuerza que esto puede tener, sino a una tolerancia colectiva que va permitiendo dilatadamente que el acosador cace a su presa y la someta. Si todos los novatos cogiesen su maleta y terminasen en la puerta del colegio con la intención de marchar, muy pronto éstos tomarían cartas en el asunto y las inocentes bromas que los bondadosos chicos mayores gastan a los nuevos, se convertirían en graves faltas con la sanción de la expulsión definitiva. Pero lo que no quieren ver sus directivos, no es el hecho de que las novatadas existen sino cómo, si son vistas y atendidas, el negocio se les viene abajo. Es más cómodo, menos comprometido y más seguro «dejar hacer, dejar pasar» hasta que los mayores se harten de fastidiar y los más jóvenes, alentados por el daño que harán a sus nuevos compañeros los próximos cursos, con la condición ya de veteranos, cedan ante la presión para ser uno más de ellos. Lamentable espectáculo el que tienen que protagonizar nuestros hijos para ser considerados como mayores, nada más llegar. Cabe preguntarnos, ¿hasta dónde una novatada puede considerarse una inocente broma o una singular agresión? . No hay duda de que la agresión genera violencia. Y con este aprendizaje que les espera al empezar, no podemos pretender que ellos mismos sean, más tarde, diferentes con los que están por llegar el próximo octubre. De algún modo debe pararse esto. Me niego a pensar que no hay vuelta atrás y sobre todo me niego a creer que estamos inmersos en una sociedad en la que lo correcto es lo condenable.

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