CRÉMER CONTRA CRÉMER
Años después
EN EL MES DE MAYO de 1994, es decir hace solamente unos pocos años se cumplía, en silencio, el aniversario del nacimiento del más valioso documento cultural del León contemporáneo: «Espadaña», Revista de Poesía y Crítica, que eran precisamente, en aquellos años de turbación y desolaciones generales los signos de más necesaria incorporación. Porque teníamos pegados a las telas del alma todavía las prosas de la sangre que la guerra inevitablemente acarrea y nos dolían las brechas que la pólvora y el odio habían abierto en el cuerpo místico de España. Necesitábamos que alguien hablara, que alguien elevara el tono de la música, que alguien se atreviera a acometer la aventura del rescate de la identidad más honda, de la realidad y de la esperanza. Porque sobre las tierras de Caín se cernían todavía los nubarrones tendidos para equivocar las rutas del hombre humilde y errante. Y se inventaban fórmulas tanto de relación como de comunicación, eludiendo el serio compromiso de descubrir los entresijos de la verdad verdadera... Y se ensayaban arpegios de delicada entonación y se promovían teorías de adormideras. Y se hablaba de destinos eternos y de peregrinación hacia las estrellas y de carlomagnos y de caballeros Garcilasos. Y no es que aquellas apelaciones a las jugosas y felices tradiciones nos parecieran inconvenientes, sino que se nos antojaba que en momentos de tan profunda conmoción y de tan extendido terror, no podía detenerse el poeta en tejer y destejer la sinfonía pura del grillo («estribillo, estribillo -se dictaba- el canto más puro es el canto del grillo»), porque por encima de la monótona cantinela, se percibía el hondo clamor del ser humano acosado, destruido, entre los escombros de la «patria mía» de Quevedo, aquel «abuelo instantáneo de los dinamiteros», que decía Vallejo. Y nos parecía más que una herejía, un pecado de lesa humanidad no acoger en nuestros cantos lo que de verdad nos pesaba en el alma, lo que en palabras de Machado, queríamos espantar con nuestros cánticos. Y descubrimos que sobre tantísima crueldad y banalidad verbal, estaba el hombre, el ser humano, con sus miedos navegándole por las sangres, con sus hambres de pan y de justicia. Y en voz baja, en esa voz doliente que presta la clandestinidad repetíamos los versos de Yannis Ritsos, el griego de los derrumbamientos: Papeles, viejos hierros, oxidados dichos, poesías; / un vacío taburete sobre la vacía mesa, en la vacía casa; / las conocías bien, estás haciéndote el inocente / poco te falta para engañarte, que engañes, / que adules, adularte es tu obligación... / Con tu mismo cuerpo / escondes el negro agujero, mientras a tu alrededor / las banderas se deshojan, como grandes, huecas, / monocordes hojas. Y a nosotros nos parecía que esconder el agujero negro y asistir impávidos a la caída de las viejas banderas era una forma de morir después de muertos, era como esconder los cadáveres, como ocultar el hambre detrás de las alambradas. Y aunque obligados por el aislamiento en el cual nos teníamos que mover, pues no cabía solicitar apoyaturas para una empresa de signo más bien peleón, procuramos que el acento, el estilo, el ánima, el espíritu, si se quiere de la publicación no se perdiera. Y es significativo advertir, ahora, al cabo de tanto tiempo transcurrido y de miles de páginas cubiertas con análisis, investigaciones y deducciones, que por encima de todas las inevitables irregularidades y decaimientos, lo que quedó incolume y decisivo fue el espíritu, la intención, el ánimo que movió los motores de aquella nao llamada a naufragar pacífica y responsablemente en las playas elegidas. «Espadaña» fue casi diríamos que providencialmente la publicación que los españoles necesitábamos para un tiempo de confusión y de desarraigos. Quizá esta misma necesidad la estemos sintiendo en estos momentos en los cuales tienen especial vigencia las palabras de Juan de Mairena: «Si damos en poetas, es porque convencidos de esto, pensamos que hay algo que va con nosotros digno de cantarse. O si os place mejor, porque sabemos qué males queremos espantar con nuestros cantos».