Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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LA CUARTA PARTE de los funcionarios de prisiones de toda España son leoneses. El dato no sorprende mucho porque nuestra provincia tiene de todo menos puestos de trabajo en su decadente economía. Y quien no cuenta con otras posibilidades, se ve obligado a gravitar hacia el mundo de las armas. O de los presos. La provincia de León, que antaño fue vivero de clérigos y monjas, ahora es patria masiva de policías, de guardias civiles, de militares. También de funcionarios de prisiones. Y de muchos otros empleados públicos. Porque hay una leva inmensa de profesores, de sanitarios, de burócratas o de asistentes sociales leoneses que se ganan la vida en Madrid, en el Mediterráneo, en el País Vasco o en los archipiélagos. Paisanos que mantienen un vínculo físico con su tierra, y que sueñan con volver, aunque suele ser un volver extraño. Porque uno se ha ganado con sudor su otra identidad: la de la región donde ha pasado la vida. Uno, en fin, es tan hijo de la tierra donde nació como de la tierra que eligió para vivir. Y quiere ser de ambas, formar parte de ambas. Pocos funcionarios leoneses pueden volver a su provincia. Ahora bien, lo de las prisiones da mucho más juego. Entre otras razones porque cada cárcel supone 600 puestos de trabajo. Creo, por ello, que León tiene un gran futuro penitenciario. No veo otro porvenir de tamaña pujanza. La provincia reúne todos los requisitos. El primero, que aquí no se montan esas protestas airadas que suceden en otras tierras cada vez que el ministerio tantea instalar una gran cárcel moderna. De esas que son para 1.700 internos, pero que a los tres años ya tienen 2.950. Como poco. Porque hay mucha población reclusa, y no cesará de aumentar a medida que la crisis económica siga avanzando, cual caballo del Apocalipsis. Y aunque no haya crisis. Otro motivo importante es, sin duda, ese gran contingente de funcionarios de prisiones nacidos en León que estarían encantados de trabajar cerca del valle natal. O en el propio valle, con suerte. Y una tercera razón es que la provincia puede ofertar emplazamientos muy aislados, que apenas alarmarían a las aldeas más cercanas. Mirando el mapa, y sin apurar posibilidades, bien podría haber un gran complejo carcelario en la Cabrera Alta, por ejemplo en el deshabitado valle del Río Cabo. Otro gran penal podría estar en Mansilla de las Mulas, duplicando o triplicando el ya existente, pues está buena parte del trabajo de acoplamiento hecho. Otro complejo penitenciario podría instalarse en algún lugar periférico de Omaña, ese valle bellísimo y casi despoblado, tan armónicamente leonés por otra parte. El cuarto complejo acaso pudiera ir a parar a las faldas más remotas de la sierra de Gistredo. De este modo habría 2.400 puestos de trabajo nuevos, que, unidos a los que surgirían colateralmente en bares y comercios, tabaquerías y otros negocios, darían no menos de cuatro mil empleos. Cuatro mil familias con un futuro modesto pero seguro, pacífico y de mucha vigilancia. Así León recuperaría los quince o veinte mil habitantes que ha perdido en las últimas décadas. Y es que nuestra provincia no tiene la suerte de otras. No nos ayudó el franquismo siniestro, que sí puso sus polos de desarrollo en las adictas y arzobispales urbes de Valladolid y Burgos; y tampoco parece que la actualidad nos favorezca mucho, visto lo visto. León, Costa Celda. Florecerían las academias de funcionarios de prisiones en León, Astorga y Ponferrada, y la nuestra sería la tierra con más peso penitenciario de toda Europa. Igual que en la vecina, nacionalista y deprimida Ourense la geriatría es la actividad más floreciente, aquí tendríamos a las cárceles para sacar pecho.

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