LA ASPILLERA
De Pachá a Seattle
ANDABA uno reflexionando (?) sobre la trascendencia del sorteo que se anuncia en la discoteca Pachá de Valencia para conseguir por el morrobótox una operación de aumento de pecho cuando aparecieron, como un salvavidas en medio de un océano de perplejidades, unos muchachos (muchachas sobre todo) estupendos/as dispuestos a visitar la Redacción de este periódico. Se trataba de un nutrido grupo de universitarios, procedente de diversos países (Estados Unidos, Japón, Taiwan, Nueva Zelanda...) que están realizando un curso de español para extranjeros en nuestra Universidad. Presté atención y nada: no conseguía imaginarme a ninguna de ellas a las puertas de la discoteca valenciana suspirando con ponerse en manos de un prestigioso cirujano silicónico dispuesto a situarlas en un plis plás en el mejor de los mundos mamarios. (Ya sabemos que también en este campo de la cirugía existen profesionales responsables y situaciones perfectamente comprensibles pero lo de Pachá es algo muy distinto: no se puede jugar con la salud). Dejé pues de reflexionar sobre dicha fruslería (que constituye también, y sobre todo, una lacerante degradación de la imagen de la mujer) y pensé que, afortunadamente, la mayor parte nuestra juventud responde al perfil que estaba contemplando en la Redacción: gente sana e interesada en cuestiones mucho menos superficiales. Da la sensación, en todo caso, que la sociedad que nos hemos dado y construido no lo pone fácil a las generaciones que vienen y que, como es normal a esas edades, vienen cargadas con unas dosis muy notables tanto de confusión como de generosidad y altruismo; ganas, en suma, de cambiar un mundo que tiene tanto que cambiar. Y al hacer esta reflexión cabe entonar el mea culpa, coger el cilicio y fustigarse duramente pues los medios de comunicación siguen, seguimos, muy lejos de llegar a ese objetivo del «formar» que, con un candor enternecedor, se ponía en la Facultad detrás del primer objetivo del periodismo: informar. Basta pasar unas horas frente al televisor para constatar que estamos ante una perseverante y magnífica escuela de buenas costumbres... Pero cuando se ve a un grupo humano como el que citamo s, una especie de minúscula y entusiasta ONU en la Redacción, no tenemos derecho a tirar ninguna toalla sino a levantar las banderas de la esperanza. León tiene ahora, ya, otra razón para no arriar ese estandarte: la firma que convierte en realidad la anunciada delegación de la Universidad de Washington en León es una noticia de extraordinaria trascendencia social, educativa, cultural, económica y de prestigio para nuestra ciudad. El flujo que se va a generar entre los profesores y estudiantes leoneses, y del resto de la comunidad, con los procedentes de la Universidad de Washington es de los que crean un poso fecundo. Este tipo de relaciones, las que posibilitan el conocimiento directo de las personas, de sus ilusiones, de sus capacidades, son también las que permiten liberarse de prejuicios y lugares comunes sobre los países y sus gentes. El acuerdo suscrito ayer en Seattle, que dará sus primeros frutos prácti cos en el mes de mayo, es, como resaltó el rector, una «apuesta fantástica». En este sorteo ya hemos ganado. Sin ir al cirujano.