Diario de León
Publicado por
LUIS ARTIGUE
León

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«LOS restos de la infancia llegan con cada hora/ a la playa silente del corazón cansado,/ trayendo entre su espuma de clarísimo cielo/ fechas, nombres, retratos, rostros desdibujados»... Me envía mi amigo Antonio Piedra un poemario garcilasista, y machadiano, y muy moderno aunque no lo parezca, el cual me ha conmovido por su finura moral y su clara ternura. Por eso -qué pueden ofrecer mis manos que no hayan recibido antes- celebro el hallazgo al compartirlo con todos ustedes. Ciertamente la memoria es una máquina del tiempo, y subido en esa rutilante máquina el poeta Joaquín Benito de Lucas acaba de publicar, excelentemente editado por la Fundación Jorge Guillén, La escritura indeleble : libro de poemas que es un repaso esencial a la existencia, una forma de recobrar la infancia y una invitación a contemplar el ciclo de la vida sin resentimiento¿ Ciertamente la poesía es entre otras cosas un modo sabio de envejecer¿ También hay rebeldía en el clasicismo¿ Es bello tratar de escribir algo a lo que regresar. «Yo contemplaba el mundo/ desde la inmensa soledad del cielo./ Ni mis enfermedades me atemorizaban,/ ni mi cuerpo se hallaba prisionero/ del alma. Era el alma quien vivía/ dentro de mí, quien empujaba el vuelo/ de aquellos años, quien creó este niño/ que aún sigue vivo dentro de mi pecho»... Y no deja de sorprender que un poeta tan decidamente clásico en lo formal sea capaz de apartarse de las poéticas dominantes al no diluir el yo para convertir la experiencia en algo colectivo, o social, o supuestamente más universal. No, Joaquín Benito de Lucas, como Luis Cernuda en Ocnos, se pone a recordar nostálgica, evocadoramente. Y nos embriaga así al tiempo que nos recuerda que todos somos en mayor o menos medida unos exiliados expulsados de la infancia, que es la patria verdadera. Pero supongo que la vida larga y despierta es un viaje hacia el escepticismo, y por eso éste también asoma en este libro, principalmente en su parte final, logrando tras la presencia indirecta de la muerte los momentos de mayor intensidad lírica y emocional -en poemas como Campo de batalla, Último recital y sobre todo El beso, poema dedicado al hermano muerto que, lejos de ser un mero desahogo biográfico, se convierte en un aleccionador mensaje sobre la condición quebradiza y efímera de la vida-. La sombra de un padre con demasiado vino es la única mácula en el realismo mágico de una infancia de pueblo, la cual es recordada a causa de la muerte de ciertos poetas y familiares cercanos para acabar conformando un libro que nos invita a sentir, a recordar y a vivir. Un libro que abraza formalmente al los poetas de la Generación del 98 y al Lorca y al Alberti neopopularistas, al tiempo que nos demuestra que, sin denostar los logros de las vanguardias, en la tradición siguen estando los cimientos (ese postulado poético realizado hoy, en pleno siglo XXI, no sólo hace de nuestro poeta una excepción sino que además le convierte en resistente y rebelde ahora que, ya se sabe, la poesía es como un hijo que ha crecido tan deprisa que sus padres ya no lo entienden). ¡Oh, hay gente que ha dedicado a la poesía toda su vida! Gente cuya forma de entenderse con su propia biografía es un libro que parece una máquina de producir nostalgia y ternura. Debemos a esos traductores del lenguaje de las estrellas el pequeño tributo de la palabra gracias y yo, ya que leer es también agradecer, propongo ahora la lectura de este libro de poesía para todos como un acto de agradecimiento a quienes nos han precedido; como un propósito irrenunciable de escuchar decididamente a aquellos que han vivido mucho y bien. Nosotros somos porque otros antes han sido. Leamos poesía porque sin ella la vida probablemente seguiría existiendo pero no sabríamos qué significa.

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