Diario de León
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Y ASÍ que llegó a los vecinos la noticia, se sintieron verdaderamente alarmados.

No porque la muerte de un gato sea de tal manera provocativa como para denunciar el hecho ante las autoridades.

Sabe el vecino víctima que su denuncia ante la autoridad, teóricamente competente, será inútil y que la intervención de la autoridad no conseguirá que la mala costumbre de comer gato en Carpetovetoniana no se va a apagar por los siglos de los siglos.

Da por perdido y por llorado a su gato y solamente desea el autor del latrocinio y gatocinio, que no le aprovecha.

Y es que en León además de conservarse las costumbres tradicionales hasta el fin del ejercicio, la muerte o sacrificio del gato es como una costumbre sentimental.

Se mata al gato, además de porque para el buen hambre no hay gato duro, para cubrir con el acto criminoso, un suceso que de alguna manera sirve para celebrar o para dolerse de un suceso que afecta la Sociedad.

Y pregunto, sin que sea motivo de alarma ni de incriminación: Cuando el hambre aprieta ni la vida de los hombres ni la de los gatos se respeta. Y en España, en esta hora de España, tan preñada, con perdón, de sucesos inenarrables por lo sórdidos o por lo sentimentales, están ocurriendo acontecimientos que por su significación, variedad y resonancia merecen ser consignados en los anales nefastos de la Ciudad.

Y la muerte de un gato, y más si se trata del gato de la Feli, es como para inscribirlo en la página de sucesos del Diario y como para que de este mero accidente hagamos un motivo de duelo y de recelo.

Matamos gatos, decían los hambreados de La Corredera en mis tiempos de vecino sin causa, porque tenemos hambre, y la carne de gato es tan apetecible como la de conejo, salvo escrúpulos de monja.

Cuando en la calle de La Corredera fuimos trasladados a la de Leopoldo Panero recién inaugurada, lo primero que nos sucedió fue que sin dejar pasar los tres días de prueba, los matones de gatos obraron por la brava y acabaron con nuestro hermoso gato, lo mismo que habían ejecutado al gato de la Feli.

Muchos fuimos los que lloramos ante la desaparición del Gato de los unos y de los otros, pero los vecinos de la barriada, por su diversidad y su condición social éramos muy sentimentales y no sentimos reparo en traducir nuestros sentimientos en doctrina política.

Se procede violentamente no porque a uno le sean odiosos los gatos, sino porque la necesidad obliga y si se declaran guerras furiosas cuando un grupo humano se encuentra sin pan, sin agua y sin leche y es capaz de abrirse paso hacia la comida aunque para ello fuera imprescindible acabar con el gato del vecino... Esta conclusión no es fruto de una versión sádica del individuo, (que no es habitual que los vecinos de la Ciudad, aún lo más ostensiblemente decaídos y necesitados se coman los patos crudos se trata dolorosamente de que los hombres van a la guerra para matar por nada y nadie llora oficialmente.

En estos momentos históricos se están matando gatos en todos los alfoces de España, de América, de África, de Oceanía, de Oriente y de Occidente...

¿Es porque el hombre español tenga instinto de matador? No, señora, es porque el hambre no amansa a las fieras, sino todo lo contrario y en resumidas cuentas, como dijo el filósofo, un gato menos ¿qué importa al mundo?...

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