Diario de León
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León

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LA PRESENCIA de un crucifijo no puede ser justificada como iconografía cultural, ni como un objeto estético. Un crucifijo es una proclamación de fe. España es un estado aconfesional y, por tanto, parece lógico que en los centros públicos no haya decantación alguna al respecto. Es cierto. Sí y no. Estoy con Bono, católico practicante, cuando, al ser preguntado por la polémica provocada por la retirada de crucifijos en un colegio de Valladolid declaró estar convencido de que en España la mayoría de los ciudadanos no se sienten molestos por la presencia de símbolos religiosos en espacios públicos, independientemente de que sean o no creyentes. La razón asiste a quienes piden dicha retirada pero no podemos basarnos sólo en esta interpretación de lo racional, pues todo se nos acabaría desplomando, para empezar la propia razón, que no la inventaron los enciclopedistas. Si molestan, quítense esos crucifijos, en cumplimiento de la Constitución., y hágase sin tremendismos beatos. Hablar de cristofobia me parece excesivo, entre otras cuestiones, porque en esto del creer o no creer nadie sabe si se encuentra de camino a Damasco. Un católico no debe depreciarse en escándalos mediáticos, porque su batalla dialéctica ha de ser otra, sin otras armas que su compasión y los buenos modales cristianos. Hay que elevar el discurso, no rebajarlo. Curiosa cruzada la emprendida por la Asociación Cultural Escuela Laica de Valladolid. No me gustan las procesiones de Semana Santa, pero no se me ocurriría iniciar una campaña a favor de prohibirlas porque se cortan las calles. Ni somos la reserva espiritual de Occidente, ni lo fuimos nunca. Los españoles siempre nos hemos quedamos en gavilla de contradicciones, también ahora en estos tiempos complejos que nos exigen ir a lo esencial.

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