Marsé: contra Franco y otras novelas no de amor
CUANDO el mundo es tan gris que soñar parece un acto pernicioso resulta más necesaria la imaginación y son más necesarias las novelas de aventuras. Y, como bien dice Arturo Pérez Reverte, ¿qué es
sino literatura de aventuras? Se trata ésa de una novela de barrio, como casi todas las de Juan Marsé, en la que un personaje inteligente, oscuro y de clase social baja -el Pijoaparte- vive, en medio de un tiempo asfixiante, enrarecido, un montón de avatares que le acercan y alejan de Teresa, esa estudiante universitaria perteneciente a una familia burguesa de la Barcelona de los años 50. Como en
esta novela de aventuras parte de la coincidencia de dos personajes pertenecientes a dos mundos distintos. Como en el Quijote, a pesar de la dureza argumental, subyace al fondo de todo lo narrado un punto de ternura. Pero lo principal es el lúcido realismo crítico. Vean: «¿Qué otra cosa puede esperarse de los universitarios españoles, si hasta quienes dicen servir a la verdadera causa cultural y democrática de este país son personas que arrastran su adolescencia mítica hasta los cuarenta años? Con el tiempo unos quedarán como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato-¦». Leer a Marsé es comprender a la Barcelona obrera de posguerra como resumen urbano de este país, es comprender a sus personajes, y comprenderlos es quererlos un poco. Otra cosa no sé, pero si algo tuvo el franquismo fue grisura. Por eso los adolescentes de posguerra como Juan Marsé se dedicaron a intensificar su vida inventando aventuras y desventuras para tratar de hacer interesante un bario barcelonés obrero, oscuro y humillado que en realidad es la metáfora de un país entero. Así se entiende otra de las novelas mayores de Juan Marsé,
, en la que el mundo es triste y a duras penas sobrellevable pero por el cual deambulan el avispado e hiperimaginativo muchacho David y su perro Chispa. David trata de buscarle sentido a lo grotesco mediante la imaginación, y por eso fabula para sobrevivir descubriendo así, sin pretenderlo, lo fino que es el hilo que une y separa la realidad de la ficción y la mentira de la verdad: «Al levantar David la cabeza, advierte que el inspector sigue sentado en el banco y que su mano hurga en el bolsillo trasero del pantalón la petaca de licor; con dedos ágiles, sorprendentemente rápidos, el pelo desenrosca el tapón y acerca el golete a los labios, pero de pronto se inmoviliza y suspende el trago. David aparta la vista, y casi en el acto, han pasado sólo unos segundos, al volverse para mirar otra vez, el banco donde se sentaba el inspector está vacío y a su lado se agitan los batientes de la puerta del quirófano, se agitan a destiempo el uno del otro, perdiendo fuerza y sin encontrarse». Como aún no he leído
he ahí mis dos novelas favoritas de Marsé, a las que sigue de cerca
, otra joya con aspecto de fábula urbana pero bajo la cual subyace la metáfora moral que es toda historia de este maestro con mundo propio. Este escritor campechano de la mejor España, la de abajo, que como un voyeur de lo sublime sabe ver algo valioso en lo cotidiano, y sabe hacernos recordar.
Su prosa es directa, inteligente y poco enjoyada a propósito -huye de lo que él llama «prosa sonajero»- pero el dinamismo de sus historias, herederas de la tradición oral, del realismo social y en parte de la tradición de novelas de aventuras que tanto amaba Pío Baroja, parecen responder siempre a la espontaneidad centelleante de que hace gala la frase con la que arranca su novela
: «Hay cosas que uno debe apresurarse a contar antes de que nadie le pregunte».
Le han dado el Premio Cervantes, por fin, al maestro Juan Marsé.