Fahrenheit 451 y otros quemados
CUANDO se publica
de Ray Bradbury, no se podían imaginar los lectores de aquella época -”en que hacia una crítica de la sociedad norteamericana de los años cincuenta-” que iba a tener remedo en algún miembro de la abogacía española. Recientemente una conocida abogada -”no cito el nombre para no hacer publicidad-” se refirió a algunos escritores (historiadores) de los que lo mejor que podía ocurrir es que se hiciera una hoguera con sus libros. Se sabe que el título de la obra de Bradbury lo es porque en la escala de medición de la temperatura de distinta forma que la de Celsius. A los 451 grados de temperatura Fahrenheit es a la que arde el papel y, naturalmente los libros de papel, visión cosmogónica que deseaba ver la celebrada abogada madrileña . Digo yo que cómo habrá estudiado sus asignaturas de Derecho, la susodicha picapleitos si no es sobre códigos -”escritos-” y textos de autores juristas. Digo yo que es posible que la carrera la terminaría como los malos estudiantes -”apoyados por malos profesores-” que siguen las asignaturas a base de «apuntes», manera obtusa de no recomendar ningún libro nada más que la decisión de profesor. Sé de alumnos universitarios que han terminado la carrera -”de letras-” sin haber comprado, ni pasado por sus manos, libro alguno. No es de extrañar que si le dicen que van a hacer una pira con los libros de la biblioteca de la Facultad acudan al aplauso.
Los 451 grados en donde empieza la quema de un poema o los calores de un dato le trae sin cuidado. Quien pretende la quema de los libros, le da igual un libro que una casa, que un conejo o una bandera y llegaría -”como en el holocausto -”a la quema del hombre o por lo menos a las quema de ideas contrarias a la totalitarias suyas y, ya se sabe, que lo contrario a lo totalitario es la democracia. Menos mal que los llionesistas pueden estar tranquilos pues es seguro que no se conocen grandes bibliotecas del llionés. Lo que extraña es que ninguna asociación de escritores o editores no hayan clamado por tan aviesa intención crematoria.
Un juez de Valladolid ha ordenado retirar el crucifijo de una escuela, bajo el argumento jurídico del artículo 16 de la Constitución. Bien es cierto que el citado artículo 16 proclama que «Ninguna confesión tendrá carácter estatal», pero ello va seguido de otra advertencia: «los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias de la sociedad española-¦ y cooperación con la iglesia católica». La sentencia, por lo visto, ha aplicado el grado 451 y ha quemado la ideología de la mayoría de la sociedad española. Porque es notorio que la mayoría es católica -”y por ende cristiana-” y de esta lectura podemos extraer alguna conclusión : 1) que si el Estado no tiene confesión, ello no quiere decir que la sociedad no la tenga y , bajo el derecho a la libertad, la ejerza; 2) para ello la Constitución ofrece una obligación estatal de cooperación con los católicos -”«con la iglesia Católica», dice-” que, en definitiva son la mayoría, y tener en cuenta estas creencias, pero no apoyando a las contrarias en detrimento de la mayoría; y 3) nuestra legislación civilista tiene en el artículo 3 del Código Civil el remedio para las inseguridades jurídicas de loa jueces, tal la llamada aplicación de la «realidad social», bajo el signo de una fuente importante del derecho como es la «costumbre». Pero repugna al derecho que se prohíba un símbolo religioso bajo la expresión de que provoca reacciones contrarias .Por otro lado, el Tribunal Constitucional (S. 93/1983 de 8-11) ha dicho que «El artículo 16.3 regula un deber de cooperación del Estado con la iglesia Católica y demás confesiones y no un derecho fundamental de los ciudadanos».
Habrá que preguntarse qué rechazo produce la presencia de un cristo o que éste sea un «elemento de agresión», como dice la sentencia. Los alumnos que lo olviden no podrán entender nunca el cristo de Dalí, ni el de Velásquez, ni el cristo de la Santa Faz de Rouault, ni la lectura de poema de Unamuno al Cristo de Velásquez. Sería absurdo prohibir las procesiones por el hecho de que los cristos que nuestros «papones» pujan por las calles, producen rechazo a algunas minorías contemplativas. La sentencia que decide la retirada no puede, de un plumazo -”y que firma en nombre del rey-” borrar dos mil años de historia y un símbolo de la civilización occidental. Esta decisión judicial ha sido jaleada -”como no podía ser menos-” por la denominada Asociación Internacional de Ateos que en su página Web se organiza sobre la causa atea ofreciendo «servicios para ateos» a los que nadie impone símbolo alguno y que si lo tiene lo desconozco. Normalmente -”como se ha visto por los demandantes de la retirada del crucifijo-” los que se llaman tolerantes son los más intransigentes.
No he visto reacción alguna entre los pintores leoneses ante el encargo de la cúpula de Ginebra a un pintor balear. Pasando por alto el valor artístico de la obra -”discutible en la actualidad, pero seguro que no es unánime, como es unánime la obra de nuestros pintores más clásicos-” es evidente que en la elección por el presidente del Gobierno del pintor balear se olvidó de la pintura leonesa o castellana. Se olvidó que hay una representación universal de nuestros muralistas, a saber, Vela Zanetti, cuyo museo es desconocido por los electores del tal Barceló. Si la tradición muralista de nuestros pintores se olvida y se acoge a los de otras latitudes por cuestiones políticas, el arte ha dejado de ser realidad de los sentimientos. Y nos lleva a un perspectiva irreal, como ya dijera Alberti («A la pintura»): «A ti ,engaño ideal, por quien la vista/ anhela hundirse, prolongada en mano,/ yendo de lo cercano a lo lejano -¦». Porque, en efecto, la perspectiva de la cúpula es un engaño que se ha hecho a los creadores, es un quemazón por el grado 451, que nos hiere a los leoneses y que deja a éstos como comparsa de una idea, olvidando la universalidad de lo leonés en el mundo y en Europa . Pero ¿qué mejor propuesta para la traslación de León al mundo que el encargo de una obra universal? ¿Pero quien entiende más lo universal Alfonso VII o Barceló?. Tengo para mí que aquella cúpula de las Naciones Unidas podría haber sido un perfecto trasluz del vitralista Zurdo o un excepcional mural de Llamas, de Jular o de cualquier otro leonés. El leonesismo debe de reivindicar que los leoneses promocionen, no lo leonés visceral de León solo, sino los intelectual y creador. El olvido del Gobierno es otra quemadura del 451.