Diario de León
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León

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DA PENA A VECES y vergüenza ajena contemplar, en repetidas ocasiones, el panorama de nuestro parlamento en sus sesiones habituales con la mitad o más de los escaños vacíos. Otras veces, se les ve a algunos dormitando, con cara aburrida o con ganas de que termine pronto la «función» para irse a sus otros menesteres. Parece que el trabajo de los señores diputados, elegidos por el pueblo, se lo toman algunos como un trabajo extra, voluntario en cuanto a la asistencia, pero no desde luego en cuanto a los emolumentos que cobran.

Nadie entiende que a los que hemos elegido como nuestros representantes, que tienen un sueldo más que digno, no cumplan con su cometido. Las dobles o más ocupaciones debieran estar prohibidas y que cada cual se dedique con todo su entendimiento y esfuerzo al trabajo que se le ha encomendado. ¿Cuántos de los elegidos aportan proyectos, iniciativas, hacen intervenciones y propuestas? Muchos, seguro, que ni estrenan su palabra. Otros, en cambio, brillan frecuentemente, como estamos viendo, por su ausencia. ¿Quién tiene la culpa?

Cuando en una empresa privada no se rinde o no se justifica la no asistencia, se toman las medidas pertinentes en cuanto a sueldo y empleo. Es justo. ¿Por qué ha de ser distinto en los cargos públicos? Con frecuencia oímos: mira a ver si te puedes meter en tal organismo, si tienes alguna recomendación para esas oposiciones que estás preparando, si conoces a alguien que te pueda enchufar en algún puesto público, o, simplemente, dedícate a la política, queriendo significar con todas estas expresiones que, si se consiguen tales objetivos, ya cuenta uno con una plaza fija y solucionada la vida. ¡Qué mentalidad más raquítica y egoísta! Está bien que uno saque honradamente las oposiciones. Está bien que los méritos de cualquiera le catapulten a un empleo del Estado o de un organismo oficial, si así lo desea. Pero lo que ya no está bien, es que cuando te encuentras acomodado en tu destino público abandones tus funciones y te digas: ¿qué más me da? ¿Para qué me voy a molestar, si esto lo tengo seguro y ya no me pueden echar? De ahí viene después el desaire de algunas personas en el cumplimiento de su deber. En vez de ayudar, de buen grado, en la resolución de los problemas de los contribuyentes o de prestarles toda la colaboración necesaria, contestan seca y displicentemente como en el anuncio de «All-Bran». El «vuelva usted mañana», se convierte ahora en «arrégleselas como pueda». Y así los pobres ciudadanos se quedan solos con su desesperación y con su angustia, sobre todo cuando no saben defenderse.

Sí, señor. Esas seguridades bochornosas e hirientes del empleo público que corrompen y que fomentan el pasotismo, debieran eliminarse de la mente de todo ser humano. Porque todos somos iguales por naturaleza y también ante la ley, (o debiéramos serlo), con las mismas obligaciones y con los mismos derechos. El que cumple no tiene por qué temer, esté en la empresa pública o esté en la empresa privada, ¿qué más da? Y el que no cumpla, esté donde esté, aunque sea en las altas esferas, repitámoslo, que se atenga a las consecuencias. Un puesto, una obligación. Un puesto, una responsabilidad. Un puesto, dedicación completa y entrega total. Cuando encima vemos esas diferencias notables de sueldos que, en muchos casos, no se corresponden con el trabajo que realizan, se le cae a uno el alma a los pies. Y cuando para colmo vemos que, a la hora de subirse el sueldo nuestros prebostes, no tienen en cuenta la inflación como para el resto de los humildes trabajadores y que todos se ponen de acuerdo ya sean de izquierdas, de derechas o de centro, la indignación y la impotencia repliega la confianza que en las urnas les otorgamos. ¿Es que la inflación es distinta para unos que para otros? Pues no, próceres nuestros. Haceos dignos del voto que os dimos y empezar vosotros por dar ejemplo: en el trabajo, en los emolumentos y en la dedicación. Y al que no cumpla-¦ a la calle. Realmente aún falta mucho para que la verdadera democracia y el derecho de igualdad para todos sea un hecho real.

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