Diario de León
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León

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TODAVÍA no ha empezado a funcionar como Sumo Rey Negro para blancos y ya nos detenemos ante su efigie y solicitamos humildemente que nos proporcione inspiración y medios para salvar este profundo bache económico que nos turba, conturba y desanima hasta perder aquellos ímpetus de nuestros días mejores, durante los cuales habíamos aprendido la dura lección de saber vivir.

Porque esta es la verdadera cuestión: Que ignoremos los detalles para conseguir el instrumental para vivir y nos arrojamos en brazos de la invención, a ver si se produce el milagro.

Pero el espigado y probo funcionario de Illinois, en el cual tiene el mundo moderno depositadas todas sus esperanzas, se adelanta y al pie de las candilejas, recita su canción: «... Mañana será aún peor».

Y obedientes, damos un nuevo golpe de cinturón para ver de disimular los defectos. Por un mero instinto de conservación, reprimimos nuestros tímidos impulsos y nos esforzamos en ahorrar.

Naturalmente no lo conseguimos porque los que pueden hacerlo, sin detrimento de la economía familiar, han corrido a colocar sus dineros, muy plurales, en centros de acogida, donde ni Hacienda ni la usura puedan alcanzarlo y el resto de la humanidad compuesta de seres de condición inferior, no dispone de un duro y menos de un euro para dilapidarlo.

Restringimos aquellos gustos y manías que teníamos y que tan correctamente contribuían a componer nuestro perfil y de lo primero que privamos a la familia es del chocolate del loro, añadiendo como datos decisivos para la composición de un estudio económico que pudiera servir para los aficionados quedarse con los dineros que andan sueltos por la calle, dejamos de repasar el periódico nuestro de cada día, limitándose nuestra curiosidad intelectual a repasar los titulares expuestos al pie de obra.

Los más y mejor dotados, abjuran de tantos vicios como abruman a la sociedad globalizada y naturalmente no miran un libro ni para un remedio.

Y así hasta quedarse con una hacienda escueta, paupérrima, incapaz de superar sus muchas trabas.

Cada día perdemos algo que nos importaba y de lo que en cierto modo vivíamos, sin vicios, sin deseos, sin alardes de nada.

Hasta que llega un día en el cual notamos que se resentían nuestros ladrillos y nos temblaban las carnes y los huesos. Y acudimos al médico.

Y éste nos mira, más que con espíritu científico como si descubriera algún apunte terapéutico por el cual pudiera encontrar algún indicio favorable y receta al paciente una lavativa y un análisis.

Y aconsejándole, otra vez y van doscientas, la exclusión del tabaco, del vino y de las mujeres, sobre todo de esas mujeres que se dan por la tele celestina española.

Al cabo de unas semanas el Divino Impaciente se deja morir, porque ya no soporta esta vida y no tiene fuerzas para superar sus ayunos. ¿Lo ves? le repite el vecino afortunado cada vez que le oye emitir una queja: «... mañana, peor».

Para eludir las consecuencias de una sociedad globalizada como la nuestra, con Barack Obama y sin él, no te apuntes a la oposición de nada ni creas en las estadísticas... Y grita conmigo: ¡Viva Pérez de Guzmán!

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