Diario de León
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LA PATRIA ES EL sentimiento común, dicen, una unidad de destino en lo universal que, refiriéndonos a nuestro país, renació de sus cenizas allá por 1808, cuando la invasión francesa encabezada por el gran Bonaparte convirtió España en un inmenso lodazal de violencia y muerte. Dando la espalda a la razón y a cualquier noción certera de la realidad, el rey Carlos IV, seguramente el más corrupto y analfabeto de Europa, consiguió colmar el espinoso camino del despropósito, hasta poner contra las cuerdas a una nación enferma de extrema gravedad crónica. Aquel avispero que sangraba por los cuatro costados se precipitó de forma inevitable a una confrontación contra los arrogantes galos, una odisea de odio y rechazo que ha cumplido en el presente 2008 su bicentenario. No es que el papel de León capital durante la Guerra de la Independencia resultara especialmente honorable, aunque a título individual sí que destacaron paisanos como Rafael Canedo, un arriero fusilado por los gabachos en la montaña de Príncipe Pío que aparece retratado en el emblemático cuadro de Goya. O el albañil Antonio Meléndez, autor material de la muerte a puñaladas de Mustafá, el legendario jefe de los mamelucos.

A modo de espléndido broche de oro para la conmemoración de aquella gesta, los astorganos han recreado en un vistoso acto el choque entre franceses y españoles acontecido en la capital maragata. Miles de espectadores presenciaron un espectáculo perfectamente ambientado, en el que se notaba la mano experta del historiador Arsenio García Fuentes, uno de los más reputados conocedores de tan tremendos acontecimientos, cuya moraleja y propósito último no es otro que homenajear a los caídos en semejante Zipi-Zape.

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