Los soldados mueren
CUANDO nos vimos en la obligación personal y moral de anotar en el cuaderno de operaciones que una muchacha -”Idoia creo recordar que se llamaba-” había muerto en acción de guerra, aunque no soy un sentimentaloide, sentí que se me detenían los pulsos y que la sangre se me agolpaba entre los cañaverales del miedo. Yo también sé lo que es la movilización para la guerra y no le puedo sustraer de sus efectos psicológicos.
Cuando alguien muere sobre la llamada tierra de pelea se detienen todos los sentimientos humanitarios para dejar espacio a las acometidas furiosas. De modo que cuando estos días se me notificaron las muertes de algunos soldados de los que están emplazados para acciones de paz, me volvió a acometer el vómito y se me llenó la boca de gritos negros, de escupitajos amarillos, de palabras sacrílegas.Porque los seres humanos no se han hecho para ser pasto de la cólera, ni para convertir las tierras feraces en motivos de espanto.
Y sin embargo, sean cuales fueren las ideas, principios o doctrinas de los soldaditos valientes y de los mariscales de campo que les dirigen, llegado el momento mueren, son matados y se cubren de cadaverina.
No tenemos remedio. Tenía razón el filósofo: somos seres para la muerte. Y disciplinadamente, valerosamente los soldaditos, a la voz de «fuego», disparan y se dejan matar...
En Afganistán cayeron alevosamente dos soldaditos españoles envueltos en muerte porteada por un suicida ideográfico, o sea por un mal mandado, que confunde el servicio de la patria, del mundo, con una doctrina redentora.
Y no es eso, no es eso. La guerra, incluso la declarada para el bien de alguna porción de la humanidad, es mala, es perversa. De la guerra, incluyendo aquella tan solapadamente traidora como la guerra de religión, -”que también existe-” es solo portadora de la muerte más sucia, más hedionda, más miserable de cuantos el hombre ha inventado y montado para matar al hombre. Y cuando algún aventurero se cubre de colores y de hierros de muerte con el ánimo de suscitar admiración y conseguir un puesto a la diestra de alguno de los dioses-”padre que andan sueltos, lo que en verdad se está haciendo es un ensayo general con todo para imponer un estilo de muerte, un signo de maldad enmascarada, un título de matón por necesidad.
Porque la construcción de la sociedad actual se ha construido con material de muerte. Estos soldaditos españoles mueren con la misma desgana, con idéntica furia que la que servía para que los Tercios de Flandes fueran sembrando de cadáveres las tierras mártires. Tenía razón el poeta cuando se lamentaba asegurando que desde el África española hasta la América brava no hay un puñado de tierra sin una tumba española...
Qué poderosa razón le movía a J.L. Borjes, cuando en aquel esclarecedor cuaderno de misterioso título,
, dejara escrito para general aleccionamiento de una sociedad de maleantes peleones: «Si descendemos del mobo, mejor es que no se entere nadie... Morir por una religión es más simple que vivirla en plenitud».