Retrato de una democracia adolescente
EN SU GRAN OBRA
Claudio Sánchez Albornoz refuta a Ortega y Gasset cuando éste dice de los españoles: «hemos querido el querer sin querer jamás ninguna otra cosa. Somos en la Historia un estallido de voluntad, ciega, difusa, brutal. También a Ferrater Mora, quien afirma que «el español convirtió la razón en un creador de desorden; el racionalista español cree en la pasión y somete a ella hasta sus propias razones». Al rebatir esta visión del alma española explícita en Ortega y Ferrater Mora, Sánchez Albornoz se deja llevar por un ideal romántico, que hunde sus raíces en una idílica Edad Media, fuente de virtudes como el honor, la protección al menesteroso, el orgullo y otros caracteres que sirvieron de argumento al nacionalismo en el siglo XIX y que todavía lo alimentan hoy.
Lo que olvida el gran historiador abulense, armado con el bagaje de su nostalgia por la patria lejana, es que, a lo largo del periodo en que las grandes naciones de nuestro entorno más próximo fueron construyendo sólidamente el edificio del Estado liberal, las mediocres elites políticas españolas se empeñaron una y otra vez en repetir los mismos errores y no lograron en todo el siglo XIX ni en los tres primeros cuartos del XX asentar los cimientos de una nación moderna. La razón de estos sucesivos fracasos no es otra que el obstinado empeño español en despreciar la razón y dejarse llevar por la pasión. Es por esto que los españoles no hemos sido capaces, yo diría que hasta hoy, de hacer la digestión de nuestra Historia y hemos escondido nuestro complejo de inferioridad respecto a nuestros vecinos más grandes tras el parapeto de nuestro orgullo y soberbia. Pero tarde o temprano teníamos que empezar a despertar del sueño de la razón. Y este despertar fue un ejemplo de cordura, sensatez y generosidad del que podemos sentirnos orgullosos.
En efecto, la Constitución de 1978 es el corolario de las virtudes señaladas arriba y de una cabal comprensión de los males que habían aquejado a nuestro país a lo largo de nuestra azarosa historia contemporánea, singularmente en lo referente a la incapacidad de la nación española para construirse a sí misma. Es así cómo se diseña en nuestra Carta Magna un modelo territorial que, aunque perfectible, es sin duda válido para la articulación territorial de España. En definitiva, un texto sólido y capaz de garantizar un futuro de convivencia en libertad en un país como el nuestro sin tradición democrática; siempre que la pasión no nublase a la razón y no nos llevase nuevamente a sentir y querer sin pensar.
La falta de tradición democrática en España hacía necesario que quienes se hiciesen cargo del timón del país desde el fin de la dictadura y, de manera especial desde la aprobación de la Constitución, dieran ejemplo de convicciones democráticas a sus representados, ya que, se mire por donde se mire, el comportamiento democrático es una costumbre que se aprende, siempre que aquel o aquellos a los que se les da la responsabilidad de arraigar esa costumbre en los demás, la tengan sólidamente asentada.
Gracias al buen hacer de los artífices de la transición, la democracia española superó la infancia y llegó a la adolescencia, pero no ha pasado todavía al estado de madurez, por mucho que los epígonos del gobierno y la oposición lancen un día sí y otro también, ditirambos a la madurez democrática de la nación española.
Pasados los años de la sensatez, cuando se piensa que nuestra democracia es ya una democracia madura, vuelve a aflorar lo que ni ésta ni ninguna Constitución ha podido evitar en nuestro país, a saber, el querer ser y querer ser demasiado, parafraseando lo que Nietzsche piensa del temperamento español. Y cuando esto ocurre, la pasión vuelve a ensombrecer a la razón, cosa que podemos comprobar en el momento presente al socaire de la rampante mediocridad de la clase política española y de la arrogancia intelectual de aquellos de carácter vidrioso que tanto contribuyen al imperio de la pasión.
Así, si un dirigente político tiene una insignificante estatura democrática, se deja llevar por la vehemencia y no por la prudencia y no es capaz de ejercer control sobre sí mismo, ocurre, de manera natural, que cuando habla no piensa lo que dice, pero sí dice lo que piensa, como cuando se llama tontos de los cojones a quienes no votan lo que el individuo en cuestión quisiera o cuando algún columnista apoya el insulto señalando que, en efecto, los que votan al PP son tontos por votar contra sus intereses. Ahora bien, ¿tiene acaso más calidad el juicio del dirigente político y el del columnista ilustrado que el de aquellos que votan siguiendo sus convicciones? ¿en qué beneficia a la calidad de nuestra democracia adolescente este elitismo intelectual?.
Con ser esto síntoma evidente de la bisoñez de nuestra democracia, lo es todavía más la actitud de quienes, mostrando una ligereza sin complejos, defienden, disculpan y protegen a dirigentes políticos que tan poco contribuyen a la buena salud de nuestra democracia.
Aún así, probablemente haya todavía quien piense que aquellos que no se conducen por los cauces políticos adecuados según el criterio de los más sabios, serían más felices si se comportasen con mayor cordura y se lo pensasen dos veces antes de votar contra su interés o hiciesen caso del elevado criterio de los que con tanto amor al prójimo buscan su bienestar. Pero no hay que olvidar que la democracia no está legitimada para sojuzgar la libertad política del individuo, siempre que éste se conduzca siguiendo las reglas del contrato que libremente suscribió con sus semejantes.