Diario de León
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León

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LO CIERTO es que el ya extinto presidente del mundo, señor George Bush no se arrepiente de nada. Los muertos se dejaron matar por descubrir un arma de destrucción masiva y no la encontraron. Luego descubrió que el jefecillo del Gobierno iraquí era comunista o poco más y le declaró inaceptable para su Gobierno de renovación democrática.

Y como para operar con soltura el tejano necesitaba campo abierto, libre y sin réplica, comenzó por matar al enemigo y derribando sus estatuas. Luego como respondiendo a un plan concebido previamente por los «tres tenores», cantaron: «A la guerra por la unión, por la Patria y por Alá». (Lo mismo que repitieran en países también bajo el sol otros salvadores de patrias). Fue como el comienzo de una de las tormentas en el desierto más duras e inapelables.

El señor de los cañones aseguró ante las primeras matanzas que podía considerarse la guerra concluida y ganada. Y se equivocó la paloma, porque la guerra continúa y los muertos se suceden en cantidades realmente aterradoras. Para retener a los que no tenían prisa en matar, el señor Bush convirtió un trozo de la bella isla guantanamera en cárcel general y en zona para los sacrificios.

Así hasta que llegado al límite de la paciencia y de la sangre de los sacrificados, se dio pro vencido y se fue a las elecciones creyendo que con un negro de antagonista la cosa era sólo como comer y cantar.

Pero como el hombre propone y Alá también dispone el tal señor de los collares para encadenar sospechosos, fue derrotado.

Y se vio en la calle y con la obligación moral de confesar todas sus culpas o al menos las más destacadas: Comenzó por asomarse al exterior y atribuir en su discurso, que para sí quisiera Rajoy a los múltiples espías a su servicio, los cuales parece ser que de verdad habían descubierto las armas de destrucción masiva y convencido de ello, atrajo a su pelotón militar a españolitos y a británicos y siguieron matando.

Hasta que al fin, surgió el negro salvador, el señor Obama, y ya no tuvo más remedio que postrarse y confesar que efectivamente no sabía nada de soldados, ni de guerras, ni de nada y que todo había sido un engaño de sus compinches.

Y nada más. Todos o cuando menos los más ingenuos de la tribu, quisieron atribuir al ex-presidente matón la virtud del arrepentimiento, pero solamente consiguieron que el señor Bush siguiera sin apearse del burro, al que se había subido y aún derrotado y vencido nunca, en ningún momento y así lo dijera la ONU se apearía de su cabalgadura...

Y ésta es la tristísima historia de aquel señor de Tejas que declaró la guerra al mundo y a punto estuvo de conseguir su victoria de muertos bajo las arenas del desierto.

Sin que en ningún caso, ni momento, ni circunstancia pensara en echarse a la plaza para confesar que efectivamente no había encontrado el arma que buscaba pero que el hecho de que le engañaran no quería decir que fuera motivo para confesar sus pecados e hiciera la penitencia obligada para la obtención del perdón y vuelta a tirar.

A la compañera Julia Navarro debemos esta información, tan aleccionadora, y al señor Bush su persistencia criminal o si se prefiere su torpeza a la hora de planificar una guerra universal con miles de muertos...

A partir de ahora, que la suerte en forma de negro zumbón nos sea favorable y ¡Viva Pérez de Guzmán!

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