El aguinaldo del pobre
COMO ESTÁBAMOS en plena recesión, de las vacas flacas con la testud caída sobre la tierra seca y la Nochebuena llamaba a nuestra puerta, todos los
vecinos demandamos con modesta urgencia nuestro derecho a recibir el aguinaldo que sin duda nos habíamos merecido a lo largo y a lo ancho de uno de los años más dramáticos, más contradictorios y más agrios de cuantos nos han sido permitidos. Y como en los viejos tiempos extendíamos la mano, poníamos sombra piadosa en la mirada y esperábamos confiados en la misericordia de nuestros prójimos.
Porque era tiempo de la misericordia y los habitantes de este pequeño y contradictorio planeta no podía eludir no ya el compromiso de atender a los muchos solicitantes del favor ajeno, sino que resultaba hasta irritante que ante la demanda de tantísimo ciudadano sin amparo y sin trabajo a la vista, se da se exhiben casos de auténtica lujuria económica ofreciendo una escenografía de contradicciones éticas como para que el Niño del Nacimiento se levantara de su cuna y la emprendiera con los excesivos, con los ambiciosos, con los nunca hartos. Y ante la vieja costumbre del aguinaldo solicitado como si se tratara de una ley social, el solicitado baja el tono de voz, cierra la mirada y con voz de lástima responde: «¡para Aguinaldos estamos!», y en un giro casi gimnástico, da la espalda al pedigüeño y prosigue su camino.
No hay aguinaldo cuando la sociedad entera amenaza con derrumbarse y la nómina de seres humanos parados y sin esperanza de recuperación, se aproxima a una cifra escalofriante: Nada menos que tres millones de trabajadores de toda clase demandan el aguinaldo de un trabajo mínimo que les permita cubrir las necesidades de los suyos y la de los vecinos, igualmente lanzados a la calle de la limosnería sagrada.
No es cosa de establecer comparaciones entre los unos y los otros, sino de aplicarse el sistema de la conciencia política obligada, y por ese mecanismo advertiríamos que la tercera parte de población si pide el aguinaldo con lágrimas en los ojos y en el alma no es porque con ese gesto pretende conmover a todos o a buena parte de los que han conseguido un puesto a la lumbre y se prevalecen de él para imponer normativa.
Y de nada serviría que el mísero que anda peregrinando por las plazas de la miseria, por falta de un lugar en el que dejarse la piel y el ansia, intentara imponer el sistema del reparto equitativo de bienes para el consumo de los aficionados a la villanesca, por aquellos pobres de Cristo para los cuales no hay aguinaldo del necesitado que prevalezca.
Y con el alma rota y sin esperanza de recobrar el espíritu de solidaridad perdido, pasarán millones de seres humanos tendiendo inútilmente su demanda para la celebración de la Nochebuena, de la Navidad, del aguinaldo, con el amargor del vacío en la boca, porque, -”¡qué contrastes, Señor!-”, no son estos tiempos de aguinaldos...
¡Oh España, qué vieja y qué seca te veo! dice José Hierro, desde la lejanía de la muerte, contemplando cómo se desvanecen las sagradas demandas del hombre...