AL TRASLUZ | EDUARDO AGUIRRE
Oda al bolígrafo
SEGÚN las nuevas normas de austeridad para el gasto público, a cada funcionario su bolígrafo deberá durarle como mínimo tres meses ante de que pueda solicitar otro. Lo juro, lo he leído. Se acabaron los lujos asiáticos, ha de ahorrarse tinta, el gasoil de quienes trabajan sentados. Una humilde sugerencia: prescindir en los documentos administrativos de acentos, comas y demás ostentaciones ortográficas; en una semana, los resultados serán palpables; fuera haches, esa letra vaga; fuera los tratamientos protocolarios, que además se escriben en mayúscula; fuera fechas, pues el tiempo es relativo. Promuévase el uso del monosílabo. A los manirrotos que escriban palabras de más de tres sílabas, expediente. Y nada de certificados con nombre y dos apellidos; sólo iniciales, que dan un toque de misterio. Quien tiene un bolígrafo, tiene un tesoro; por tanto, quede prohibido mordisquearlo, utilizarlo para hurgarse en la oreja o ametrallar a los compañeros; con uno sólo se pueden firmar miles de vuelva usted mañana. Cuando empecé en el oficio, dicho utensilio desaparecía de las mesas, como en el Triángulo de las Bermudas, hasta que lo reconocías en la oreja de algún redactor; pero no te importaba, aunque lo hubieses pagado tú, pues era un estilo de vida; sin embargo, la Administración se rige por otras epopeyas. En términos gastronómicos, el modelo de batalla viene a ser el bocata de mortadela de la escritura. Un clásico popular. Habrá funcionarios que lo utilicen para hacer sudokus o sonetos al jefe de servicio, pero la mayoría da correcta utilización a esta herramienta laboral, que hubiera evitado a Homero tener que aprenderse de memoria «La Ilíada». Tres meses. Los sindicatos clamarán: «¡El Bic para quien lo trabaja!». Grandioso año. Y aún estamos en enero.