Peregrinos disidentes
BUENA PARTE de los caminantes que van a Santiago de Compostela son hombres y mujeres que buscan a Dios, y que cumplen la ruta en medio de una gran emoción, donde cada pueblo tiene resonancias míticas. Como si Nájera sonara a Jericó. O Sahagún a la injustamente olvidada Judá. Estas personas pasan un mes de prodigio en prodigio, y se les distingue pronto por el porte sencillo de sus prendas, por la actitud serena de sus andares y miradas, y por la naturalidad con la que siempre siguen adelante, ajenos a dolencias transitorias, o a inclemencias del tiempo.
Otras gentes acuden al Camino para cumplirse de distinto modo. Me refiero a los místicos laicos; personas de buena fortaleza moral que van solos por la senda, al revés que los creyentes, que suelen ser más de grey. Para aquellos místicos, ya no es tanto Compostela su meta, sino saber qué pasa dentro de uno. Eso que no se puede lograr durante el curso laboral en el aula, el hospital o la oficina. Porque, por lo general, el colectivo de buscadores del oro de la conciencia suelen ser funcionarios. Personas que anhelan esa cosa libre y rara de ir por el monte, por el collado o cerca del río rumbo a una luz que sólo brillará cuando hayan caminado mucho, cuando se hayan desnudado mucho ante sí mismos. Entonces confían en encontrar respuesta a las preguntas primordiales: ¿Para qué estamos en la tierra? ¿Qué tipo de existencia
terrena podría haber después de la muerte? ¿Cómo hallar la verdad que pondrá orden en mis días venideros?
Otros caminantes no buscan esas cosas misteriosas y profundas sino que tratan de conocer gente propicia en la ruta; ligar y disfrutar. Suele suceder, además, que este grupo de gentes poco interesadas en la trascendencia del alma, abandonan el camino en cuanto encuentran novia. O amante. Y se van a otras tierras más practicables; a hostales de ciudades pequeñas; a cámpings del Norte de Portugal y así.
Tampoco me olvido de quienes ven la ruta como mero pretexto gastronómico-monumental. Turistas disfrazados de peregrinos que van en coche, duermen en hoteles, y comen y cenan en los figones más afamados de las tierras jubilares.
Quería añadir, por último, a un peregrino muy heterodoxo, que descubrí hace meses, cerca de Villafranca. Me extrañó entonces ver a un hombre que iba en dirección contraria por la Vía Láctea. Entendí que se habría olvidado de algún efecto personal unos centenares de metros atrás, y que volvía en búsqueda del olvido.
Pocas horas después, cuando yo regresaba en coche a Ponferrada, volví a ver, ya en Camponaraya, a aquel hombre seguro y feliz. No pude evitarlo: aparqué y saludé al peregrino, que resultó ser una persona muy jovial y dispuesta. Me dijo que se llamaba Luis Labaña, que era de Madrid, informático de Renfe y poeta desconocido. Añadió que hacía el camino del revés porque era el modo más hermoso y pacífico de provocar el desconcierto al principio, la compasión casi siempre, y una fecunda alegría en el resto de los peregrinos. También me dijo que ello facilitaba un modo raro y excitante de ir por la vida, y que en esa contra él había descubierto otras libertades, otras metáforas.
Quedamos para comer en Ponferrada, y allí me concretó Luis Labaña que hacer el camino de Santiago al revés era su forma de luchar contra el poder, contra lo establecido y que, como artista de la poesía, su obligación era transgredir, plantar cara a lo rutinario y previsible. Después le acompañé hasta el albergue del Carmen, donde Luis Labaña tardó no menos de media hora en conseguir que le sellaran su papeleta misteriosa, que arrancaba en la plaza del Obradoiro el diez de octubre, y que tenía previsto terminar sus páginas en Roncesvalles, por el día de difuntos.