Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER

El famoso del barrio

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VICTORIANO CRÉMER
León

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COMPRENDO perfectamente el sentimiento que domina a Delfín, el famoso del barrio y acepto, aunque con reparos, que todo su afán, su interés y su vocación aparezca volcada en alcanzar el grado de resonancia personal al que aspira desde su más tierna infancia.

De tal modo se siente dominado por este impulso de sobresalir y distinguirse de entre el común de vecinos, que ni siquiera cuando se le propone el conocimiento, más bien desdeñoso, con que los países ricos y poderosos han aplicado a la hora de selección para el curso del G-20, por cuyo estrado España incluso parece estar dispuesta a dar vida y hacienda, pues ni siquiera en este trance histórico del cual parece depender el presente y el futuro imperfecto de España, le altera, como por ejemplo, el deseo de figurar.

Y no es que Delfín sea un pretencioso cuya aspiración solamente sea la de aparecer en la lista de los reyes godos, sino porque le gana la noble ambición de ser admirado por la gente de su barrio. Y parece no conocer otra fórmula que la de conquistar un puesto entre los figurantes de la autonomía.

La carrera del Delfín no ha podido ser ni más esforzada ni mejor calculada. No se entiende que sea necesario destacar por su conocimiento ni en ciencias ni en letras, sobre todo si para obtener un puesto, una mención, se le obliga a estudiar, a trabajar o a cultivar virtudes de prudencia para las que no está preparado.

Delfín ha llegado a dominar el procedimiento de la adulación, la lisonja y la servidumbre para conseguir que en principio se fijen en su presencia el que domina la situación, el que manda, del que depende todo brillo y esplendor.

Y una vez logrado este primer escaño, la conquista del cargo ya resulta menos costosa y difícil.

Y lograda la asignatura de famoso por sus muchas manipulaciones para lograrlo, se permite la licencia de disfrutar de su nominación, sin esfuerzo.

Delfín el famoso del barrio, sin necesidad de mayor esfuerzo como el que dice y como el que no dice nada, se instala en la relación de los famosos y se dispone a vivir de ello.

No le es demasiado difícil, porque la sociedad está compuesta de una argamasa que sirve para pegar, para unir todo, y para que su nominación de famoso dure y dure y dure más que el Duracel.

No necesita más que atenerse a las reglas que la moda y el señor de la casa prescribe. Y todo se le dará por añadidura.

Para que una señora estupenda consiga obtener el calificativo de famosa, al menos tiene que contar con alguna cualidad que al menos consiga sugestionar a primera vista.

Para que la gente como Delfín, alcance la suprema cima del famoseoi necesita tener cualidades tan difíciles de obtener como la lealtad, la obediencia debida, la discreción y la sabiduría para andar por el mundo.

Y a lo que vamos. La política española, por la que peregrinan nuestros mejores hombres sin conseguir establecerese en el puesto que el país se merece, está soportada en columnillas frágiles y de ello depende su éxito y su fracaso. Se dice que el orador se hace y el poeta nace. El animal o especie política, como Delfín, consigue el título de famoso sin gracia, sin esfuerzo y sin categoría. ¡Y así nos va!

André Gide repetía: «Todo esto ya está dicho, pero como nadie entiende, hay que repetirlo todo cada mañana».

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