A ESGAYA | EMILIO GANCEDO
Historia del mundo
EN EL PRINCI PIO fue el miedo. El miedo a las bestias, a las tormentas, al frío, a los demás hombres. El asombro atemorizado ante el ciclo implacable de las estaciones, la muerte que llega súbita o el dolor agazapado. Todo era peligro. Por eso el sapiens tuvo que idear una salida, cavar un túnel, traer esperanzas a los suyos, abrirse camino entre la todopoderosa naturaleza imitando sus procesos. E inventó la magia. Con ella ejercitó su imaginación, ensayó soluciones, ideó historias, despertó el arte, bautizó la ficción. La magia para combatir al enemigo interior, al invisible y al visible, aunque para este último disponía también de la guerra que conjura el miedo excesivo al otro, al otro que también dispone de su propia magia.
La magia imitativa, aunque en un principio era usada por todos los miembros de la comunidad, se fue depositando en unos pocos: el chamán, el brujo que monopoliza lo mágico y lo reserva sólo para sí. El brujo que diseña un ritual arcano, cada vez más hermético, al que no puede acceder el común de las gentes mientras que éstas también se van especializando en sus respectivos oficios: la comunidad se establece, se sedentariza y cultiva. Todo se profesionaliza, sobre todo el poder. El jefe, el gran rey, luego el emperador, establece una alianza con el sumo sacerdote para anudar súbditos y tierras, cada vez más, y más.
Los imperios se suceden, se levantan y caen, las religiones buscan soluciones pero acaban paralizadas y crueles cuando enlazan con el poder. El avance técnico y la avaricia rompen las fronteras del mundo. Las gentes piensan, despiertan y se alzan contra las dinastías: aunque sea tan sólo para que otras nuevas clases se aferren al poder. La ciencia es omnipotente. Y qué importa ya nada si dimos una patada al altar. La ideología reemplaza a éste fracasando estrepitosamente y llevándose consigo millones de vidas humanas. Lo mismo que está fracasando el mercado inhumano, ciego, lanzado hacia el vacío.
¿Y ahora? Al final, vuelve el miedo.