Diario de León

CON VIENTO FRESCO | JOSÉ A. BALBOA DE PAZ

Libertad de conciencia

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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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EL CHISTE QUE publicaba ayer el genial Mingote resume la situación paradójica de muchas personas en lo que atañe a su conciencia, al señalar la contradicción entre el pensar y el obrar de muchas de ellas. Un anuncio, en la parte posterior de un autobús, proclama: «Probablemente Dios no existe. Disfruta de la Semana Santa de Sevilla». La primera parte se refiere al anuncio que desde Inglaterra ha llegado a España promovido por grupos sedicentemente ateos, pero que en realidad no lo son o no se atreven a declararse tales. Simplemente desde un agnosticismo bastante cobarde y acomplejado, supongo que amparado en los supuestos filosóficos de Huxley, dudan de la existencia de Dios. No se trata de una certeza, con argumentos como los que defienden los que se sí se proclaman ateos, al estilo de Gustavo Bueno o de Puente Ojea, sino de una creencia, de una fe.

Una vez que se ha hecho como si Dios no existiera, el slogan original aconseja a sus fieles una actitud hedonista ante la vida. No se trata, como en el Dostoyeski de los Hermanos Karamazov -”«si Dios no existe, todo está permitido-” hacer lo que a uno le venga en gana, sólo gozar de la vida -”de los placeres materiales de la vida-” sin preocupaciones futuras. La creencia en Dios, lo saben muy bien estos agnósticos, implica una conducta moral, que aquellos no están dispuestos a aceptar, al tiempo que niegan que los creyentes en Dios no sean felices ni gocen de la vida, lo que es una estupidez. En el chiste de Mingote, la contradicción de todos estos agnósticos es flagrante pues luego aceptan todas las costumbres y tradiciones de la España católica.

Esta contradicción me inspira otras reflexiones. Primero se disuelven las creencias tradicionales por anticuadas, sometiéndolas a una persecución inmisericorde, mostrando su obsolescencia frente a las modas actuales; pero tras ello, se difunden nuevas creencias que justifiquen esas conductas hedonistas, lo que frecuentemente lleva a una violación de las conciencias. Lo hemos visto con la sentencia del Tribunal Constitucional en torno a la objeción de conciencia a la asignatura de Educación para la Ciudadanía, que el Gobierno del PSOE pretende inocular en los niños españoles. Algunos creen que la sentencia, aunque cuestiona la objeción de conciencia, permitirá revisar -”suponemos que por el Gran Hermano orwelliano-” los contenidos de los libros, con lo cual se mitigará su impacto (al estilo de la Formación del Espíritu Nacional de la época de Franco). Hecha la ley, hecha la trampa. Así lo hacen ya muchos colegios católicos. Ese no es el problema.

El problema es que un tribunal cuestione un derecho como el de la objeción de conciencia -”no de desobediencia civil, que es diferente-”, pues supone cortar de raíz la libertad del individuo. Aquí nos movemos en el principio del que hablaba Constat en torno a la libertad de los antiguos y los modernos. Algunos, siguiendo a Rousseau, creen que el Estado puede y debe imponer sus creencias a los ciudadanos, persiguiendo a los disidentes. Ya conocemos su resultado: primero en la revolución francesa, con los jacobinos, luego los nazis y sus campos de concentración, y por último el Gulag comunista. Frente a esa libertad de los antiguos, hemos de defender la libertad de los modernos, la de Constant ó I. Berlin, aquella que lleva a los ciudadanos a oponerse a las leyes que repugnan las convicciones o principios éticos o religiosos del sujeto. El anuncio de los agnósticos, con su relativismo, es el primer paso para esta pretensión totalitaria.

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