HISTORIAS DEL REINO | MARGARITA TORRES
El retorno de la Edad Media
MIENTRAS LA DUDA recorre la médula bancaria leonesa, sobre el teatro de operaciones de Castillileón se extiende la incertidumbre. En siglos medievales pareciera aquesto una más de las muchas rebeliones y excesos de los señores feudales que hicieron, pacieron y deshicieron a su antojo, sin importarles la opinión de súbditos paganos y vasallos diversos. Al tiempo que la voz que susurra en las tinieblas de León incita a una fisión nuclear que funda hasta la última molécula residual de las cajas comunitarias, pero que mantenga protegido el centro geográfico, algunos protestan con temor.
En Burgos, cabeza de Castilla mal que pese a algunos hijos irredentos de León del valle del Pisuerga, varios miles de castellanos salieron a tomar las calles de su ciudad al grito de «no fusionarán». Sindicatos, empresarios, ciudadanos recorrieron esa hermosa ciudad hermana de la nuestra y dejaron en los medios de prensa algunas perlas opinatorias sobre esta orden derramada, como el aceite hirviendo, desde lo alto de las almenas, donde no reside el pueblo llano: «Quizás sea un poco fuerte hablar de segregación de Burgos, pero que sigan calentando a la gente que todo se andará. No somos tontos». Otro diz: «Los burgaleses tenemos que empezar algún día a defender lo nuestro-¦ León de la Riva, no aparezcas por Burgos porque eres peor que un cáncer». Y no falta una añeja calificación con la que nos decoran nuestros próceres a menudo, especialmente cuando los leoneses disentimos del borreguismo gregario y asomamos la patita contestataria. Pues mire lo que responden los burgaleses al mismo gentil sustantivo: «Es el colmo de la manipulación. Nos han llamado paletos, nos toman el pelo. Estamos hartos de que se rían de nosotros».
A menudo he manifestado públicamente, en este y en otros foros, que los castellanos, los de verdad, son nuestros aliados naturales, que el problema no se sofirma sobre Burgos o Soria, sino en el centralismo del agujero negro de Valladolid city. El asunto de las Cajas no es tan baladí, ni debe solventarse a toque de trompeta mientras las huestes forman en el patio, sino sobre las bases del diálogo, mirando por el bien común y la democracia interna, y que sean los impositores y sus representantes los que decidan su futuro, tanto si éste se resuelve en forma de integración, como si opta por hermanarse con Caja Astur o con el Royal Bank of Scotland. Si aquí el único problema yace en saber, a cuatro o cinco años vista, si nuestros ahorrillos tributarán en León, Burgos o Salamanca, como hasta ahora, o caminarán de la manina en fila orwelliana hasta las fauces de los dominios del señor de la Tierra Oscura del Pisuerga. Porque aunque nos dejen el caserón del alto del Portillo poblado, será la hacienda de Valladolid la que se frote las manos en breve. ¿Y luego? Parafraseando a Tolkien a través de la versión de un amigo: «Seremos dos regiones bajo un mismo yugo. Tres provincias condenadas a morir en el lejano Oeste y una provincia para el Señor Oscuro Pucelano. Una autonomía para atraerlos a todos y atarlos a las Tinieblas». ¡Frodo vuelve, que retorna la Edad Media!