Diario de León

EL AULLIDO | LUIS ARTIGUE

Rafael Carralero Carabias, pintor

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LUIS ARTIGUE
León

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AMOR, SIGO CREYENDO que de todo lo que nunca he tenido eres lo que más echo de menos-¦ Pero al menos mira ahora esta exposición, es todo mi corazón, son los cuadros que quiero que recordemos cuando seamos viejos, parece confesarnos conmovedoramente este creador. Y es que como quien va caminando rodeado de naturaleza -en uno de esos días de primavera en los que huele a hierba recién cortada y a claridad recién nacida- y de pronto le sobreviene el invierno, y unos minutos mas tarde el verano, y luego el melancólico otoño, así es visitar la exposición que acaba de ser inaugurada en la sala de Caja España (calle Santa Nonia). Todo un recorrido intenso por las cuatro estaciones-¦ En efecto si la música de Vivaldi nos emociona por su modo de desarrollar matices sonoros casi hasta el infinito, la pintura de este profesor de la Facultad de Bellas Artes de Valencia, este joven artista tan asentado en la tradición, nos enseña cuan renovador es mirar y es captar.

En efecto el arte es pura síntesis: como un galeón con las velas hinchadas dentro de una botella de whisky, cabe un año entero en una exposición. Protagonizan esta amplia muestra los cuadros del invierno, con su color blanco de Sorolla, su negro de Goya y su eco impresionista que, mediante una suma de pinceladas cortas repletas de sutileza, va ocultando paulatinamente lo real: así mientras la helada va unificando y transformando la realidad en los cuadros, nosotros no dejamos de preguntarnos: ¿dónde están las cosas?

Se trata por eso de obras con cierta influencia impresionista en la interpretación del paisaje, en las cuales la figuración se difumina y por momentos desintegra para dejar paso a la esencia... La sensibilidad exquisita en el tratamiento del color produce en el espectador una suerte de confort emocional.

El paso del invierno al otoño se produce mediante un cuadro sobresaliente en tonos negros que emula una ventana en contraluz -un cuadro con un cuadro dentro- la cual tiene vistas a la nieve, que en la imaginería de este pintor simboliza la vida y la belleza.

Una veladura de tristeza recubre esas imágenes, las instantáneas otoñales, pero los latiguillos de color nos advierten de que, incluso en la adversidad, podemos atisbar una luz. O, por decirlo con versos de un poema de Neil Young, «Siempre hay una luz en una lámpara al final del pasillo./ Quizá la estrella de Belén/ no era una estrella al fin y al cabo». Tan dotado para advertir la claridad dentro de la enmarañada melancolía está este pintor, que en otro de los hallazgos de esta exposición se ve un paisaje sombrío, casi gótico, en el que la nieve posee un impactante color naranja.

A partir de ahí el verano, que es la pasión y la apoteosis de la luz, está aquí representado por dos cuadros desatados, los momentos pop de esta muestra, en los que bajo trabajadas superficies repletas de sutilezas brilla lo fortuito creado con el gesto tan característico de este autor, aunque esta vez empleando tonalidades fauvistas, dripping y algunos versos que parecen inscripciones integradas en el lienzo.

La primavera se resume en desdibujados bodegones que nos hacen reparar en los misterios de lo obvio. Lo dice esta exposición: la vida, como el Tren de Matallana, consiste en saber ir emocionadamente de estación en estación. Uno sale de esta sala embriagado de sensaciones -”la belleza se parece al deseo en que también nos intensifica la existencia-” y apenas puede quitarse de la cabeza que estos cuadros contienen la respuesta a la petición de Antonio Machado: «mi corazón espera, también,/ hacia la luz y hacia la vida/ otro milagro de la primavera».

A quien sea consciente de que, muy por encima de lo que se puede aprender, está lo que se puede sentir, le recomiendo ese milagro de la primavera que es esta exposición.

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