EN BLANCO | JAVIER TOMÉ
Travieso cupido
YA PASÓ el trago; ese número de la cabra que se monta cada año, a mediados de febrero, en homenaje a Cupido, un travieso diablillo del que sólo se juzga el acierto a la hora de aplicar el dichoso flechazo. El eterno pugilato sentimental entre ambos sexos, único deporte por cierto que no se suspende por falta de luz, se toma un respiro para festejar en condiciones a tan celestino intermediario. Aunque suene extraño en estos tiempos que imponen lo políticamente correcto, hombres y mujeres siguen manteniendo puntos de vista muy divergentes acerca del enamoramiento. Normalmente, tentado por las trampas de la exuberancia y con las hormonas a punto de entrar en fritura, el muchacho adolescente sale a la calle dispuesto a buscar la tía más potente que pueda echarse a la cazuela. Y así, aturdido ante semejante ofensiva de encantos, cualquier chavala que no tenga cara de cabra queda catalogada como un mujer de nueve en la escala Richter.
El género femenino practica otra filosofía diferente con respecto al juego zalamero del amor. Suelen utilizar, a útero completo, todo el lenguaje del cromosoma y la coquetería, e incluso algunas hembras de lujosa carrocería se creen nacidas para enseñar la percha y ser carne de escándalo. Pero en líneas generales, suelen mantener la mente fría, como bien recordó el gran Bonaparte: «Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo». Tampoco son adeptas en principio al noble arte del edredoning, al menos sin tramitar antes unos preliminares que suenen tan románticos como una canción de Cole Porter. En fin, dejamos atrás San Valentín y volvemos a la realidad: que la pareja, en sabias palabras de Juan Aranzadi, es la primera célula terrorista del mundo.