Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER

Día para la reflexión

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VICTORIANO CRÉMER
León

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ME LO ACONSEJÓ Don Mateo, que iba para cura y se quedó en labrador: Siempre hay un día para la meditación. Y ese día ha llegado. Acabamos de rendir honor a San Silvestre y a la espera de los Reyes Magos esperábamos sentados.

Sin prisa pero sin pausa, que dijo el filósofo. Y dimos con la norma para seguir navegando, a la espera de que los dioses se apiaden de todos nosotros y nos deparen una realidad real (porque hay realidades que son mentira) y ya con la mirada en la costa y las manos engarfiadas sobre el remo, comenzamos a escuchar la docta palabra de Don Mateo, aquel que iba para sacerdote o para obispo y se quedó en los hilvanes:

«Es llegado el tiempo de la meditación y como consecuencia de la penitencia y el cambio de rumbo.

Si me lo permitieras, te recomendaría de que en vista de lo visto y de las señales meteorológicas acusando la continuación de la borrasca política y la multiplicación de los baches que nos impiden andar confiado por la calle. Suceda lo que suceda procura sobre todo conservar la gana de vivir... honradamente si puede ser y de no ser esto posible, confiando en la santa providencia que nos sabrán comprender.

Piensa con seriedad, con serenidad y con humildad y no diré que todo se te dará por añadidura, porque esa sentencia se queda en humo, en nada, apenas se pronuncia. ¿Por añadidura de qué? se pregunta el fiel cristiano, demócrata y obediente. Porque para que exista añadidura ha de producirse previamente la causa feliz por la cual podamos sentirnos llenos de esperanza.

El pesimista es un ser para el fracaso. ¿A qué puede aspirar en un país como este que tenemos delante, si en lugar de halagar al poderoso nos entregamos a la consabida crítica? ¿Qué favores pueden esperarse alcanzar si en vez de servir al señor eres en la práctica un infiel vasallo? El axioma, funciona, pero al revés. Se repite tercamente lo de «que buen vasallo si hubiera buen señor», cuando las circunstancias nos aconsejan reformar la consigna: ¡Qué buen señor si hubiera buen vasallo!. El error del ciudadano de medio pelo, sin demasiadas ambiciones y sin padrinos que le protejan es empecinarse en ver artificiosamente la situación crítica o desacelerada, que viene a ser lo mismo, y de una proyección negativa no se puede esperar un apoyo positivo.

Observa, querido niño, que todos los caballeritos triunfantes lo son porque no se resignan a seguir la sombra de su señorito, sino que además de serle leal, obediente y constante en el halago, es capaz de inventarse ocasiones singulares que sirven para sostener y aumentar el prestigio y los dineros del señor. Y ningún señor, por muy independiente que parezca se resiste a un elogio. El optimista es el servidor perfecto. Procura esquivar a todo aquel que acepte las lisonjas poco o nada merecidas, porque de sus maniobras depende la conquista del Paraíso.

Y acaso, quizá, quién sabe, todo es posible en este mundo, le toque al servidor, un pedazo de la tarta...

Perversa e inútil es alguna demostración de mando, pero es más repugnante la actitud del adulador sin causa».

Don Mateo era y es un sabio.

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