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León

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SOBRE LAS DOCE Y MEDIA de la madrugada del 21 al 22 de febrero, Telecinco ofreció, en su espacio La Noria , un programa de debate sobre el Opus Dei. Creo que mereció la pena sacrificar algo de sueño, ya que el espacio en cuestión tuvo la ventaja de no ser aburrido. Lo digo porque realizador y guionista, seguramente sin proponérselo, brindaron a nuestros ojos la memorable enseñanza de un carnicero. A partir de este hecho puntual, el resto de lo visionado no tuvo el interés que debería alcanzar la transmisión de un diálogo sobre una materia socio-religiosa de indudable interés general. No menosprecio con ello ni a Tele-5, ni a las personas que intervinieron en las confrontaciones verbales. Tal vez a esa hora, y en esa noche cuajada de ambiente festero, no se pudiera hacer de otro modo. Ya que existen, se me podría alegar, foros más especializados -"a otras horas y en diferentes días-" para coloquios en profundidad. Tal vez... El conductor, Jordi, que suele manejar las intervenciones con imparcialidad, contó con la presencia en el estudio de tres amigos de la Obra y otros tres opuestos a ella. Entre las primeras, ya que se trataba de tres mujeres, figuraba la periodista y corresponsal de la Cope, en Roma, Paloma Gómez Borrero. Por lo que respecta a los que se agrupaban némine discrepante contra la Prelatura, el panel estaba integrado por la también periodista María Antonia Iglesias, por Jorge Verstringe y una exnumeraria de la Obra. También la realización hizo que apareciera en pantalla otra locutora que, a su vez, coordinaba la intervención ante las cámaras de dos personajes: una nueva exnumeraria y nuestro paradigmático carnicero.

El trío de las amigas del Opus Dei se batió el cobre sin cortedades ni pelos en la lengua, ofreciendo razones claras y datos que, por otra parte, poseen luz propia. Argumentos, los expuestos, basados en certezas doctrinales e históricas, suficientemente documentadas, : C que se defienden por sí mismas-¦ Después, escuchamos, por contraste, cómo Jorge Verstringe comparaba a la Obra con las SS. alemanas. Y, finalmente, la opinión de M.A. Iglesias calificando al Opus Dei de secta, lo que rectificó en parte, al apostillar «que, para ella seguía en pie lo del sectarismo-¦ aunque la Obra fuese legal». -"¡¿-¦?!-"

Y, burla burlando, como en el famoso soneto a Violante, hemos llegado al meollo del tema que nos ocupa. La cámara, según dije anteriormente, se plantó en las primeras secuencias del programa ante un carnicero en pleno trabajo. Una voz en off le preguntó por cómo se comporta un carnicero del Opus Dei, en su faena, a lo que él respondió: «Pues ejerciendo la profesión lo mejor posible. Puedo contar el caso reciente de Carmen, una parroquiana -"por cierto, con problemillas familiares-" que deseaba llevarse un pollo y que después de ver cinco de ellos, dijo «sí» al sexto.. «¿De qué manera quieres que te lo prepare?.» Quita la cabeza -"respondió-" pero no el cuello; parte el bicho en dos mitades, dejando entera la pechuga; de ésta sácame la mitad en filetes y la otra mitad la haces menudillo para croquetas, que le gustan mucho a mi Pepe. Tengo que mimarles, ya sabes-¦ Ah!, y los muslos, deshuésalos para ponerlos «a la plancha». Luego, los menudillos, bla, bla, bla ...-"

¿Que qué hice en ese trance?, sencillamente tres cosas: después de considerar que aquello me iba a llevar alrededor del cuarto de hora, en ese rato recé por ella, su Pepe y sus problemas; luego, tiré de una de las virtudes, la de la paciencia, para no dispararme con las exigencias de la clienta, y de todas las clientas. De la paciencia pasé a la templanza, (no sé en otros trabajos, pero en éste hay que templar mucho el ánimo-¦); también eché mano de la virtud teologal de la caridad, porque pienso que la gente necesita de la comprensión de los demás. La tercera cosa fue ganar lo mío -"unos ochenta céntimos por pollo vendido-" dándole muchas gracias a Dios que me permite sacar adelante a mis cinco chicos, concluyó el carnicero de Tele 5-". Eso es lo que hago yo, uno del Opus Dei, y carnicero de oficio».

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A la vista de lo que acabo de transcribir, aproximadamente en los términos utilizados por el protagonista, ustedes me dirán si no es un caso para calificar de paradigmático. Un trabajador manual, «tierra» mollar y buena receptora de la semilla de Jesús, explicando (a su manera y con la elocuencia que proporcionan los sentimientos limpios) su versión de una de las parábolas más conmovedoras: la del Sembrador. Además, con clarividencia espontánea y notable generosidad de espíritu. Desgranando sencillamente su código de solidarios comportamientos. E interpretando con amor que el mandato divino es una obligación humana. Un precepto cuya teología puede explicarse, ya se ve, a ras de calle, con la prístina pedagogía de un carnicero. Tan elementalmente bello y puro todo, como la estampa del Portal de Belén, o la consideración intelectual de los doce rústicos integrantes del Colegio Apostólico de Cristo. Un mensaje de esperanza ilimitada para llegar hasta Él, en el camino de Emaús. ¿Existirán hermeneutas tan agudos como para interpretar, en lo que vale, la oración de un carnicero?