Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER

Creer en lo que no vemos

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VICTORIANO CRÉMER
León

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ME LO DECÍA la vecina que era mujer muy serena y con un caudal de experiencias sobre sí misma: «Galán, no seas crédulo, que a los que mucho creen les arrastra el diablo hacia la perdición, procura ver claro porque solamente los pesimistas son criaturas capaces de entender los fenómenos que ocurren en la repajolera calle. Los demás acabamos por conformarnos con lo que nos obligan a creer, sea esto de un color o de otro, dado que todo es cuestión del cristal con que se mira y de la cara que tenga el pregonero para decidir qué es lo que conviene decir y lo que conviene callar.

Y no solamente porque el que calla otorga, sino porque el que mucho habla bocado que pierde.

Son tantas las cosas, los artículos, los acuerdos, los decretos que se emiten por los unos y por los otros, que el contribuyente humilde y descorazonado ya no sabe a qué norma atenerse ni a qué ley debe obediencia.

Cuando algún optimista oficial se adelanta o se apresura a cumplir con su deber oficial de creer en lo que no vemos, nos vienen a la memoria ya la pantalla de la máquina la figura tristísima y conmovedora de los viejos:

En España se están pregonando datos sobre los hombres mayores que acaban por amargar la vida de los supervivientes.

De vez en cuando y porque el médico de familia me lo aconseja, me lanzo a la calle a cumplir con una de las prescripciones que todavía, con la ayuda del bastón puedo cumplir: Me acerco a las solanas y a los jardines para contemplar la escenografía de los viejos: Son como seres que alguien se ha olvidado y no saben qué hacer con ellos.

Apenas dialogan los unos con los otros. Se limitan a preguntarse por sus enfermedades y por sus recursos. Los males son muchos y los medios para contrarrestar los efectos del mal, escasos, pero los viejecitos, doblados por los años y por las peripecias biográficas, aceptan la propuesta misericordiosa de la nieta, ya mayor, que le dice: «Pero, coña abuelo; cuidado que es usted terco. ¿Es que acaso no es mucho mejor entrar en un Centro de acogida que andar de peregrinante por las calles de la Capital, con lo poco que hay que ver?»

Y el viejo, mira a su niña y cediendo el gesto replica: «Si lo que a ti te resulta conveniente, que tienes edad para ellos, a mí que ya paso de la edad de lo posible, no. Déjame acabar libre».

Y no hay forma de convencerle. Claro que si lo consiguiera tendría la gravísima dificultad de encontrar un hueco, un espacio, un refugio en el cual acogerme... Somos muchos más los viejos dejados ya de la mano de Dios que las facilidades que pudiera proponernos la municipalidad, la industria libre, o la Sociedad privada de hostelería con una cama libre.

La Asociación de acogida de viejos es numerosa y bien nutrida, pero los viejos, salvo error, son más y menos dotados económicamente. Como asegura un conocedor del problema son más dispuestos los que convierten el servicio obligado de atendimiento de los ancianos en negocio para ricos, y solamente algún orden religioso bajo el amparo económico de algún santo patrocinador, se presta a cuidar de que los viejos leoneses concretamente no se mueran en la calle.

Y es lo que preguntan las buenas gentes: ¿Es que los organismos, los dominantes no se sienten interesados en la recuperación de los ancianos, aunque no fuera más que como si se tratara de jugadores de pelotón?... ¡Coña qué mundo!

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