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León

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LA REUNIÓN celebrada en Ginebra por Hillary Clinton con el ministro de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, constituye un primer gesto de distensión de la Administración Obama hacia el Gobierno de Moscú del que quizá no quepa esperar un inicio de relaciones «desde cero», como confió distendida la secretaria de Estado norteamericana. Pero sí un viraje que, cuando menos, suavice las tiranteces agudizadas a raíz de decisiones del antiguo Ejecutivo de Bush como la de instalar el escudo antimisiles a las puertas de la frontera rusa y de las renovadas ansias expansionistas exhibidas por Putin y Medveded, reflejadas en la guerra con Georgia del pasado verano. De la evolución pacífica de ese diálogo, entre la hiperpotencia que pretende conservar su ascendiente y una Rusia que aspira a recuperar la influencia perdida, depende en buena medida la estabilidad internacional, pero también de la capacidad de ambos para resituarse en un mundo multipolar.

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