TRIBUNA | jesús fernández gonzález

Vida se escribe con «v» de victoria

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León

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PARA SITUAR adecuadamente esta reflexión que va a tratar de moverse en un terreno puramente racional, hagamos una breve referencia histórica. En el año 2007 salieron a la luz múltiples irregularidades en la práctica del aborto en unas cuantas clínicas abortivas. Se supo entonces de la eliminación de fetos de hasta seis y siete meses. Ante la reacción social, la autoridad política se agarró entonces, como a un clavo ardiendo, a la conculcación del derecho a la privacidad de las mujeres y de los facultativos que habían cometido las irregularidades. El derecho a la vida, el primero de los derechos y fundamento de todos los demás, y la defensa jurídica del no nacido pasaron a un segundo plano. ¿Qué motivos hubo para ello? Vistas las cosas a la luz de la propuesta de reforma de la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo que se está preparando y que contempla el aborto libre en las catorce primeras semanas, a partir de un informe «a la medida» realizado por expertos proclives a posiciones proabortistas, aquel episodio se vuelve diáfano.

La mayoría de la sociedad española contempla el aborto como un fracaso. Si tenemos en cuenta los realizados durante el último año -"ciento doce mil ciento treinta y ocho-" se acumulan sobre nuestras conciencias demasiados fracasos. Parece, pues, razonable que nos preguntemos si la nueva Ley va a conseguir disminuir esa cifra. Estamos ante un objetivo que, ahora mismo, debería ser prioritario. Pero no creo que podamos esperarlo. Ni siquiera se pretende explícitamente en la anunciada reforma. Se habla, eso sí, de otros propósitos. Se dice, por ejemplo, que es necesario dar seguridad jurídica a las mujeres que desean abortar y a los médicos que intervienen. ¿Por qué no se prueba haciendo cumplir la Ley?

En el capítulo de las motivaciones, nos interesan las explícitas Se repite mucho la palabra «compasión». La mujer que decide abortar se enfrenta a una tragedia que se complica en edades más tempranas y hay que ayudarle a hacerlo sin que corra peligro su privacidad y, según parece también, sin que sienta el menor remordimiento de conciencia. Antes, eso sí, se le ha dicho que su cuerpo le pertenece y que puede hacer con él lo que quiera. Pero no deja de repeler al sentido más genuino de una madre que se le compare al fruto de sus entrañas con un grano que se puede extirpar. Con un ADN propio, único y exclusivo, el ««nasciturus»» causa embeleso en aquella que sabe que el misterio de la vida le sobrepasa y que es fruto de un amor que no puede traicionar sin traicionarse a sí misma, a su pareja y a la misma sociedad. Por si fuera poco, se está vendiendo como científica una nueva tesis: el feto es humano a partir de la semana catorce, ni una más ni una menos; antes, estaríamos hablando de cualquier cosa. La reciente respuesta de los más de mil científicos apostando por la vida nos ahorra cualquier comentario.

Por otra parte no olvidemos la compasión hacia el que va a nacer. Una compasión que sólo se activa cuando oye lamentos e ignora al que no es capaz aún ni de llorar ni de votar, es incompleta. Nadie merece más compasión que aquel cuya vida corre peligro. En cualquier caso, más vale prevenir que lamentar. Si el aborto es un fracaso, habrá que ponerle remedio. Se nos antoja fundamental la labor educativa sexual. Ésta no puede reducirse, como se hace frecuentemente, a la explicación del funcionamiento del aparato genital y a una encendida loa de los beneficios del preservativo. Es urgente hacer ver que el ser humano se realiza como persona en la comunión con los demás seres humanos y que el ejercicio de la sexualidad debe ser puesto al servicio del amor y de la procreación, a través de la cual vence el riesgo del ensimismamiento y del egoísmo a dos. En definitiva, hace falta defender un concepto de ser humano que supere el materialismo, el consumismo y la insolidaridad. En su reciente viaje africano, el Papa Benedicto XVI ha querido incidir en la humanización de la sexualidad. La malinterpretación de su mensaje y la respuesta del Ministerio de Sanidad español nos pone sobre aviso del tipo de educación sexual que se quiere implantar.

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En definitiva, el aborto y la ampliación del mismo no son la solución, sino el problema. Problema porque se basa en una ceguera procurada ante el valor supremo de la vida. Problema porque no busca la deseable reducción de abortos. Problema, en fin, porque se hace acompañar de otras medidas que no resuelven la necesidad de una verdadera educación sexual. Por nuestra parte, pongamos todo el empeño en la educación. La Iglesia lo viene haciendo y lo seguirá haciendo a través de su labor formativa en la familia, en la catequesis, en los movimientos y asociaciones, en los colegios. Apoyemos a las instituciones que luchan a favor de la vida. Y cuando todos los medios preventivos fallen, ayudemos a la madre a querer y a acoger a su hijo y promovamos instituciones de apoyo que eviten la muerte de tantos inocentes y el sufrimiento de tantas madres frustradas.