Diario de León

LA ASPILLERA | VICENTE PUEYO

Tiempo de pasión y paradojas

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VICENTE PUEYO
León

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HAY en la estantería de la Redacción, y si no debería haberla, una caja llena de adjetivos para los días de la Semana Santa. Entre otros muchos: «fervor (sobre todo, fervor), recogimiento, silencio turbador, emoción, sacrificio, marcialidad, sobrecogedora, ingenuidad del paponín, identidad, inmemorial, luz crepuscular...». Es práctica y ya es hora de ir abriéndola, mañana es Viernes de Dolores y la Morenica del Mercado se prepara para su cita. Y es hora también de dejar de hacerse preguntas; hay cosas que son así y basta. Fibra sensible. ¿O nos hacemos algunas? Arriesguemos pues.

Un estudio patrocinado por el CIS, realizado por Alfonso Pérez-Agote y José A. Santiago, y que se difundió esta misma semana, daba pie a la reflexión al constatar, con los datos de la sociología, una paradoja: la cuarta parte de los españoles siguen siendo fieles a las procesiones de Semana Santa, es decir que asisten o participan activamente en ellas, mientras otros datos certifican con claridad meridiana que este es un país cada vez más devoto y más laico. No hay que hacer sesudos estudios para comprobarlo. Basta pasarse por cualquier parroquia y asistir a la misa dominical: la feligresía, justita, escasa; y los jóvenes una rara avis que brilla por su ausencia. Sí, el 80% de los españoles se siguen declarando católicos pero sólo una cuarta parte de ellos reconocen que cumplen con el precepto dominical de la misa, santo y seña del católico practicante. El estudio también apunta una cuestión significativa: incluso quienes con claridad manifiestan su catolicismo reconocen que no se sienten controlados en sus opiniones y c omportamientos por la Iglesia.

Es en este friso, en el que se dibuja un país «de cultura católica, más que de religión católica», en el que deben enmarcarse, y «entenderse» en lo posible, las manifestaciones que regresan a nuestras calles, cada primavera; desde tiempos ancestrales, claro. Pero aquí aparece otra paradoja: si estamos ante una amalgama de manifestaciones de fe (que también), de cultura, de identidad, de costumbres, de turismo, de tradiciones, de vivencias personales en suma, ¿no sería, por ejemplo, más correcto, honrado y comprensible para todos que las autoridades políticas, e incluso las religiosas, quedaran al margen, y no figuraran como tales en los desfiles, dado que el auténtico protagonista es el individuo y su libertad personal?

Uno salió varias veces, siendo muy pequeño, a cumplir con el rito de mi tribu primera, (ahora tengo dos tribus, soy más rico), allí donde cada Viernes Santo, a las siete, se rasgaba la mañana con los redobles más finos de Aragón. Y aún se me nublan los ojos recordando aquellas horas azules, muy azules, sin turistas, con gente seria, muy seria, en la austera procesión. Una sutil mezcla de tradición, respeto y fe del carbonero manejaba los palillos y el estruendo era en el fondo perplejidad y hondo silencio: nunca como entonces supe lo que era rezar. Pero el hechizo se fue diluyendo al mismo tiempo que fueron llegando en tromba los turistas curiosos y ahora ya sé que, como ocurre aquí, aquello no es lo que era, que es ya otra amalgama. Y no quiero hacerme preguntas. En realidad sirven de poco, porque no hay respuestas claras a la gran paradoja que es el hombre. Bebamos, pues, una limonada.

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