HISTORIAS DEL REINO | MARGARITA TORRES
Indignación y repulsa
INDIGNACIÓN, repulsa. Palabras que suenan familiares a todos los españoles cada vez que un inocente sufre la agresión de unos desalmados que ocultan su identidad, amparados en el anonimato de la noche o detrás de pasamontañas prietos. Cada golpe de ETA es una herida en nuestra nación, un golpe doloroso, nunca tan mortal como para que el gigante que es España se tambalee y muera. Pero en cada gota de sangre derramada por las víctimas de la barbarie cobarde y carnicera, agoniza un poco más este país.
Nombres conocidos o ignotos, por las páginas de los periódicos o en breves titulares de radio o televisión hemos visto desfilar las vidas destrozadas de hombres y mujeres cuyo único delito fue existir o ser diferentes, o atreverse a defender una opción política distinta a la oficialista, a veces minoritaria en el sentir. Cuando los nazis ocuparon el poder en Alemania, las cárceles se llenaron de homosexuales, judíos, gentes de izquierda y todo librepensador que pudiera considerarse amenaza. En la España del siglo XX y lo que llevamos del XXI, el terrorismo ha arrancado las vidas de socialistas, militantes del PP, militares, civiles, hombres y mujeres. Todos ellos inocentes, existencias arrebatadas antes de tiempo, familias sesgadas, detenidas para siempre en el segundo de una explosión o en el sordo golpear de un disparo. Indignación, repulsa, rechazo. Vuelven a repetirse esas malditas palabras vacuas de contenido, de tan conocidas, de tan familiares que se tornan cotidianas en su dolor contenido.
León no escapa a esta sangría. En 1995, en una céntrica calle que lame la vieja muralla romana, cerca de la torre del gallo que vela por la ciudad desde San Isidoro, una bomba acabó con el comandante de Artillería Luciano Cortizo. Disfrutaba de su primer día de permiso navideño y viajaba en el coche con su hija Beatriz, que resultó herida. Su memoria, y la de lo ocurrido aquel día de diciembre, siguen vivas en todos nosotros. Hoy, catorce años más tarde, unos impresentables descerebrados volaron en mil pedazos la casa de un vecino de Boca de Huérgano por el delito de militar en un partido político y ser concejal. La víctima se llama Eugenio de Prado y los hechos ocurrieron un lunes de madrugada. La casa de su padre, un hombre mayor, quedó tocada. Parece, además, que estos organismos unineuronales ya intentaron quemar la vivienda el pasado 4 de abril, y hasta rociaron de gasolina el inmueble.
Como nuestros políticos, quien suscribe también está indignada y siente repulsa, más bien arcadas. Indignada porque después de más de treinta años de democracia algo no funciona cuando un hombre de bien pierde lo que posee por culpa de unas siglas políticas. Repulsa, porque nuestro sistema falla. Eugenio de Prado no es un concejal del PP, Eugenio de Prado es un hombre inocente que escapó de una muerte cobarde convertida en bomba en las manos de unos hijos de genealogía bastarda. Con esos bárbaros no se dialoga ni se muestra tolerancia, se les encierra y se arroja la llave al fondo del mar. Esperemos que alguien se acuerde de Eugenio dentro de unas semanas, y de unos meses, no sólo para la foto de la indignación y la repulsa.