Diario de León

LA ASPILLERA | VICENTE PUEYO

Un horizonte de sanchospanzas

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VICENTE PUEYO
León

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SI CERVANTES levantara la cabeza, oteara el panorama de su irreconocible país y decidiera actualizar el Quijote , cargaría las tintas en Sancho Panza. Alonso Quijano, el soñador, el idealista, quedaría convertido en un actor secundario, carne de psiquiatra que caminaría por la cuneta de la autovía musitando para sí sus quimeras: «La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida».

Rota la lanza, perdido el yelmo, el triste hidalgo rubricaría su locura al contemplar el ininteligible paisaje autonómico en el que unos y otros dicen perseguir identidades y vertebraciones como si les fuera la vida en ello, como si ésta fuera una nación de nueva planta y no uno de los territorios con más historia vivida, y sufrida, en común por metro cuadrado. En efecto, se nos ha llenado el horizonte de sanchospanzas, apenas queda nada de la ilusionante utopía quijotesca que latía en los constitucionalistas. Basta contemplar el panorama de la financiación autonómica, que Goya dibujaría probablemente como unas hienas intentando devorar una presa decrépita, para concluir que no era esto lo que se pretendía. Diluido como un azucarillo el concepto de solidaridad territorial y atenazado el Gobierno del Estado por la acuciante necesidad de no perder apoyos parlamentarios, se intenta ese ejercicio imposible de contentar a todos pero a unos más que a otros. Y nadie sabe cómo puede salir algo cabal de ese juego de funambulismo distributivo en un periodo de aguda crisis como el que se vive.

Asimismo las imprecisiones y ambigüedades que arrastra la Constitución en determinados asuntos muy conflictivos como los lingüísticos, -forzadas por la prudencia y por la necesidad que había, la urgencia, de sacar el texto adelante- han sido aprovechadas por los nacionalismos periféricos para arrimar el ascua a su sardina y convertir la lengua en armamento político y vehículo para alimentar a su clientela y conseguir sus propios fines. El Quijote se hubiera rebelado contra esa desconcertante dejación del Gobierno en una materia en la que se producen abusos injustificables que afectan a derechos fundamentales de los ciudadanos. No va a resultar gratis para nadie que, tal como van las cosas en Cataluña, el País Vasco, Baleares y Galicia, el castellano o español, pierda la consideración que siempre tuvo de «lengua franca», la que permite entendernos de Finisterre al cabo de Gata, la que, seamos sensatos, es más útil y necesaria; porque las lenguas merecen todas un alto respeto pero la consideración de su utilidad las hace más importantes a unas que a otras. Y también se olvida que los individuos, los hablantes, y no los territorios, son los propietarios de los derechos lingüísticos.

Pero, como diría también el Quijote en su loco deambular por las españas, «cada uno es artífice de su ventura». Quizá estemos fatalmente condenados a esa «triste España sin ventura» que cantó Juan del Enzina. Al menos nos queda la libertad, ese precioso don, de poder decir bien alto que esto no nos gusta. Y que nos duele.

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