Diario de León

EL MIRADOR | ENRIQUE CIMAS | PERIODISTA

Pereira, maestro de la ternura

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¿QUÉ otra cosa podría estar haciendo yo, en el momento de tu entierro, sino escribir-llorando? No atino con los caracteres del ordenador. Ni la mente se está quieta un momento tratando de coordinar las ideas que pongan una tilde de seriedad en estas líneas informáticas. Además, la tarde se me ha puesto en contra con su terca hosquedad donde antes me daba horizontes de esperanza. Las nubes, que siempre andan quedas, ahora pasan desgarrando grisuras; alocadas en su velocidad, en un atardecer sin campanillas en los ecos del alma-¦ Tiene que acabar lloviendo, no por nada de los símiles y tropos literarios, sino porque la lluvia refresca, aclara, fertiliza los campos de la mente. Y nos mete en la cabalidad, si, de la imagen de las lágrimas, pero sobre todo del gran recurso de los poetas que se van, en silencio a los parnasos definitivos. «Debía ser ahora justamente/cuando atardece. Porque el hombre parte /de su costumbre un día que no importa»-¦, decían tus macizos versos, entrañados en el discurso que pronunciaste en la Diputación, en el XXV aniversario de la Constitución-¦

Pobre de mí, algunas veces me llamabas «mi director», por la simple razón de que un día fui receptor de tus trabajos con los que honrabas a La Hora Leonesa. Tras el intercambio de saludos rubricados por la sonrisa, si no la carcajada, te ibas hasta las escaleras de salida, y en el instante en que iniciabas el descenso me pedías tu original. Lo retocabas con dos nuevas comas y una preposición. Y tornábamos a las cordiales despedidas. Un cuarto de hora después, me rogabas telefónicamente que te leyese el penúltimo párrafo de la segunda holandesa : «Bien, bien; ya sabes Enriquiño: me asaltó la duda»-¦ Antonio Pereira era un perfeccionista. Lo quería todo con el primor de su estilo inimitable, encajado en los debidos términos. Paría sus criaturas literarias, sin distocias, ni irregularidades. Los versos eran todo pulcritud y emotividad. Y su prosa, siempre original, siempre bienhumorada.

Se ha especulado mucho con su propensión a lo irónico. Y es hora ya de que coloquemos en el centro debido las características de uno de los escritores que mejor, y con mayor respeto, han escrito el castellano, como es Antonio Pereira. Él nunca zahirió a nadie. Era zumbón, algo pícaro, ocurrente-¦ y tierno. Me atrevería a decir que su ironía fue una agregación a su espíritu imaginativo. Algo así , como una segunda piel que ocultaba la realidad del mar de ternura con la cual hizo la trayectoria de su larga y fecunda marcha de gran escritor. Hasta en su habitualidad coloquial se manifestaba con esa fina crítica, que no bigardía mal disimulada.. Nunca burlón, pese a la definición de la RAE. Hace poco me contaron que mandó a una persona, más o menos vinculada al Ayuntamiento, un recado para que se tuviera en cuenta su IBI particular-¦ Nada de subliminalmente, implícita y no obstante, claramente, estaba hablando de su cariño a León. Y que con su alcalde no tenía ningún contencioso. Que, en definitiva, disfrutaba con esa forma de querer a León y, de otras muchas formas, ¡a Villafranca! Pídele al Señor -en cuya compañía estás, porque te lo has trabajado- que encauce, según inspiración y estilo de cada uno, la obra de los escritores de acá y de allá. Y por los que te queríamos mucho, comenzando por Úrsula -¡espléndido legado de amistad!-. Nunca más volveré a verte barzonear por las calles de León; despaciosamente, mirando a lo alto, y agarrando por la espalda el brazo derecho con su gemelo el izquierdo. Ojalá la cara amable de la vida, que tú pintaste tan tierna y certeramente, encaje con la verdad de nuestro día a día. Hasta siempre, Antonio.

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