CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER
Feminización de la Medicina
NO HACÍA FALTA consultar con los técnicos. Se advierte a simple vista; se nota en el manejo de los mecanismos de la salud, se siente la influencia del género.
La feminización de la práctica médica es un hecho. Y en los Centros de salud se nota esta imposición de la feminización en las prácticas a las cuales debe ajustarse todo vecino más o menos averiado.
El ser humano no es tanto ni cuanto un ser para la muerte, como proclamaba Heideger, como un doliente para la atención de la Medicina.
Antes, en los tiempos de la primitividad de la medicina, cuando los Doctores no acababan por saber qué es lo que se traían entre manos y se encomendaban a los textos sabios y a los dictámenes de los santos protectores, los enfermos acudían al médico, en última instancia, después de haber consultado con el sanador, con la santera y con el brujo de la tribu.
Cuando el doliente se encomendaba a seis santos titulares es que ya no tenían remedio a la vista. El tiempo, la ciencia y la acción libertadora de la mujer sufragista, dieron con el medio de superar su grave situación de dependiente de todos, hasta del vecino más o menos enterado.
Y fue, y es la mujer la que dio con el resorte que debiera tocar y mover con cierta capacidad y vocación para acabar con la masculinización de la Medicina. Y surgieron las mujeres sabias por doquier.
Y las chicas, que iban para Maestras de Escuela a lo sumo, advirtieron que la Medicina bien podía ser el camino de oro que la fémina necesitaba para superar su estado de inferioridad en la escala laboral, frente a la supremacía del varón, impuesto desde tiempos de tiniebla hasta todavía no hace mucho.
Y las Universidades se abarrotaron de chicas que acudían a doctorarse en Medicina y a especializarse en cualquiera de las diplomaturas que se le fueran exigidas para ocupar un lugar a la vanguardia del espléndido y nunca bien ponderado ejército masculino.
Y las enfermerías se poblaron de especialistas aptas y los centros públicos oficiales hicieron el hueco necesario para que el doliente fuera atendido generosamente y con la sabiduría necesaria.
Estamos, nos encontramos, en el tiempo de la Medicina imprescindible. España necesita médicos y doctoras; León es tierra que fuera en tiempos emporio de profesores médicos de tal competencia que se extendían sus conocimientos a todo el haz de la Península.
Seguramente la falta que más se nota en la relación del enfermo y del posible curador es de tal naturaleza, que de no poner remedio a esta feroz enfermedad de la ausencia de médicos imprescindibles conseguiremos formar parte de los abandonados, como esos miembros de tribus amazónicas que mueren después de que han agotado los recursos naturales y selváticos de su tierra de nacencia.
León necesita disponer de cuarenta mil médicos más de los que aparecen en sus listas. Y la mujer es la solución.