Publicado por
Anatolio Calle Juárez (Navatejera)
León

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Aun a riesgo de pasar por pesimista e incluso de alarmista, no deja de ser sorprendente y hasta dolorosa la frecuencia con la que en Occidente se vienen sucediendo, de unos años acá, iniciativas de innegable cariz secularista, muchas de ellas incluso rayanas en lo esperpéntico, como es el caso de la reciente publicidad atea en autobuses urbanos de algunas ciudades, que más bien parece una campaña antiteísta, así como la más sutil y seria embestida, no sólo ya de rancios anticlericalismos, sino de un laicismo militante que se apresta de manera tenaz a influir, sin apenas resistencias políticas y sociales en una batería de nuevos proyectos legislativos que contradicen la Ley Natural y el patrimonio moral de nuestra civilización. Ahí están, como ejemplo de lo dicho, las leyes españolas del divorcio expres, la equiparación al matrimonio de las parejas homosexuales, la normativa sobre embriones humanos, sin olvidarse de la ampliación del aborto y la de la llamada muerte digna etcétera, así como lo que no deja de ser más grave, el clima de aceptación social y mediática de este estado de cosas. La lectura reciente de un excelente ensayo de la profesora Marguerite A. Peeters acerca de la Nueva Ética Global arroja una gran luz sobre la situación esbozada, al dar claves de lo que viene ocurriendo en la situación moral, legal y social actual, y que a muchos actores sociales les está pasando desapercibido, cuando no es aceptado ingenua y pasivamente, ya que se trata de una auténtica revolución silenciosa de naturaleza cultural y política que está sustituyendo de hecho el sistema operativo moral de Occidente y empapando de forma creciente la cultura de las organizaciones internacionales, nacionales y regionales, así como la mentalidad de la sociedad civil y las prácticas de gobierno. Ahí está, como botón de muestra, el Ministerio de Igualdad para impulsar esta línea política.

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