Diario de León

LA OPINIÓNDEL LECTOR

A los médicos de León: ¡gracias!

SANTIAGO GONZÁLEZ FERNÁNDEZPACIENTE REINCIDENTERealizan una labor oculta muy grata a los ojos de Dios, que al final es quien realmente conoce y juzga la grandeza y rectitud de los corazones

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León

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UN HOMBRE al que tengo por sabio me dijo un día: «Santiago, a los médicos trátalos siempre bien porque tarde o temprano acabamos todos en sus manos». Van pasando los años y..., creo sinceramente que no le faltaba razón. Se habla mucho de que las víctimas del terrorismo son el referente moral de nuestra sociedad. Pues yo me voy a aventurar un poco y me atrevo sin complejos a decir que las víctimas del terrorismo y también los médicos (que por cierto, son los que empiezan a tirar de quien ha sufrido un ataque, atentado, etcétera). Yo sólo tengo palabras de agradecimiento para los médicos del sistema público de la ciudad donde vivo desde hace ya treinta y dos años. Porque me han sacado y me sacan adelante. Me dan la vida con sus atenciones, cuidados y desvelos. Una vida que, si no fuera por ellos... ¡Ay, qué sería de mí! Supongo que muchos que lean este escrito podrán decir lo mismo. Quizás alguno disienta, pero para eso vivimos en una sociedad al menos teóricamente plural. Y si hasta el mejor escribano echa un borrón..., bueno, pues sí, alguno habrá hecho alguna chapuza, o en un mal momento, que todos los tenemos, nos habrán atendido con poca delicadeza, o andarán algo faltos de escrúpulos a veces, etcétera. Pero no es lo normal ni lo habitual. Y yo puedo dar buena fe de ello.

Sin ánimo de ser exhaustivo, y sabiendo que algunos se me van a quedar en el tintero por falta de memoria (uno ya va entrando en años), por lo cual ya de antemano pido profundas disculpas: Gracias a la doctora Castrillo Sanjosé, que fue mi primer médico de cabecera, tan atenta y amable ella. Gracias al doctor Jesús Moreta Vicente, del ambulatorio de La Condesa, buen amigo y buen médico, al que todos sus pacientes apreciábamos, temblando por si algún día nos lo cambiaban por otro/a. A la doctora Raquel Lorenzana de la Varga, tan inteligente ella y delicada en el trato al enfermo. A mi actual médico de cabecera, el doctor Jesús Villamar Berceruelo, a quien tanto debo por su buen quehacer profesional, y que tanto futuro tiene por delante, como espero y deseo. Gracias al joven y expertísimo cirujano doctor don José María Canga, que fue un artista cuando me hizo aquella funduplicatura, en condiciones bastante adversas, por cierto. Al hematólogo doctor Vicente Vigal, que tan amablemente está atendiendo a mi padre en lo que pueden ser los últimos años ya de su vida. Gracias a la reumatóloga doctora Carolina Álvarez Castro, experta en humanidad y cuya ciencia rezuma bondad, y también a todos los demás médicos del Servicio de Reumatología del Hospital de León (qué sería de mí sin ustedes...). Al joven oftalmólogo doctor Cordero, todo un caballero, atento, pendiente de los detalles, a pesar de lo hacinados que trabajan todos los oculistas del Hospital de León (ojalá algún político lea esta carta y les ponga un buen y amplio despacho a cada uno, que bien lo merecen; que además esas salas de espera están más pobladas que el río Ganges). Y gracias también a la doctora Esther Fernández Pérez, del Servicio de Medicina Interna del Hospital de León, preocupada por todos sus pacientes, y con ese carácter indómito con el que se atreve a reñirme cuando no sigo alguno de sus consejos, porque si no ya sabe ella que no entra uno en vereda, que para rebelde un servidor. Y a mi buen amigo el doctor Juan Ramón Benítez Herrero, tan generoso él, haciendo todo el bien que puede por las tierras de Coyanza. Y gracias al doctor don José Luis Olcoz, de Digestivo: está muy preparado para su oficio, y me lo ha demostrado, pero además tiene también una preclara cabeza, capaz de ir a la esencia de las cosas, de defender lo que su conciencia le pide a gritos que defienda, porque sabe que la dignidad del enfermo, del ser humano, está por encima de intereses y enjuagues muchas veces inconfesables, que nos acaban arrastrando a la vileza y miseria moral, porque convierten al hombre en medio, y no en un fin en sí mismo. Y gracias, voy acabando, al doctor Aquilino Polaino, a quien tanto debo, vilipendiado en su día y atizado mediáticamente por tener la osadía de decir lo evidente: que todos tenemos o tuvimos padre y madre, y que eso es lo normal, lo natural, por más que nos empeñemos en alterar la naturaleza de las cosas, haciendo en esto y ahora mías aquellas palabras de A. Machado: «La verdad es la que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés». Y a tantos y tantas y tantos.....

Y no me olvido de las enfermeras, tan necesarias ellas y sin las cuales cojearía y mucho la labor del médico: la señora Angelines, siempre tan diligente, del Hospital de León; la señorita Yolanda, que nos pone el Holter, auténtico paradigma de la vocación a la enfermería; doña Ana Sáenz de Miera, que parece que pasa de todo pero en realidad no pasa de nada porque está en todo; y tantas y tantas atentas y entregadísimas enfermeras... No, no podía olvidarme de ellas, porque entonces no sería justo. Brillan menos quizás socialmente, pero sin ellas el médico no saca adelante su trabajo, al enfermo hospitalizado le falta esa mano tendida y amiga, esa sonrisa a veces, tan necesaria para el alma cuando nos toca sufrir. ¡Vivan pues, y también, las enfermeras de León! Y gracias también al personal de servicios, y a quienes limpian y mantienen agradable a la vista del enfermo las instalaciones (sí, ya sé que todo esto es mejorable...). Una labor oculta, pero que estoy seguro de que es muy grata a los ojos de Dios, que al final es quien realmente conoce y juzga la grandeza y rectitud de los corazones.

Perdónenme aquellas y aquellos cuyo nombre omito. Pero esta cabeza mía tampoco da para mucho más. ¿Grandeza y miseria de la medicina? Puede, pero.... hoy toca grandeza. Y mucha. Criticar, denigrar, demoler un edificio está al alcance del más zoquete. Hoy me toca daros las gracias a todos los que cuidáis de nuestra salud. Por vuestra entrega palpable, por vuestros desvelos, por vuestra dedicación, por tantos y tantos cuidados y atenciones, por vuestra vida sacrificada para que los demás vivamos más y mejor, con calidad de vida. Gracias, porque para mí hoy sois los mejores. Y porque pienso que sólo escribiendo esta carta puedo pagaros mínimamente, escasísimamente, un poco de todo cuanto habéis hecho y hacéis por mí y por todos. Tenéis mi gratitud y mi reconocimiento. Y creo que el de todos. ¡Chapeau doctores, chapeau!

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