Diario de León

tribuna | Emilio Martínez Torres

En recuerdo de Antonio Pereira

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HACE UNOS DÍAS la prensa dio a los leoneses la triste noticia del fallecimiento de Antonio Pereira. Por motivos de salud no pude asistir a sus funerales, pero no quiero dejar pasar la ocasión de rendir homenaje al amigo fraterno y al escritor admirado por todos. Conocí a Antonio allá a mediados de los sesenta porque coincidíamos en nuestros paseos con don Antonio G. de Lama, todo bondad y sabiduría. Los dos encontrábamos en él respuesta y estímulo a nuestras inquietudes, la literatura para Pereira, la filosofía para mí. Nuestra amistad fue estrechándose con naturalidad y extendiéndose a nuestras familias. En seguida tuve ocasión de verle publicar artículos en la prensa o recibir merecidos premios literarios. Sus progresos en las letras se hicieron cada vez más evidentes. La literatura se había convertido en el centro de sus ilusiones, de acuerdo con una clara vocación y sus buenas dotes para ello, al tiempo que asentaba su vida en un hogar modelo, como correspondía a su proyecto vital. De aquella época, recuerdo en especial nuestras partidas de ajedrez, que resultaban aderezadas por su ingenio y simpatía natural. Mientras tanto, en las librerías iban apareciendo sus libros de poesía, de cuentos, sus novelas, a la vez que recibía importantes reconocimientos a su labor. Es entonces cuando siente la necesidad de trasladarse a Madrid, para estar más cerca del mundo literario que tanto le apasionaba. Aunque disfrutaba del ambiente madrileño, no podía evitar la añoranza de su querido León, en donde conservaba tantas amistades y donde encontraba el reposo necesario para su vocación. Además, desde León tenía a mano su Villafranca natal, en donde siempre le esperaba el efecto y la admiración de sus paisanos. Madrid, León y Villafranca fueron para él una unidad, tres espacios diferentes pero complementarios. Como saben todos los que le conocieron, Antonio era un hombre de conducta intachable, centrado en su vocación y ajeno a las agitaciones del día a día, preocupado únicamente por hacer el bien a sus próximos. Tuvo la fortuna de poder desarrollar su vocación literaria con éxito creciente hasta el fin de sus días. Los lectores tendrán siempre la posibilidad de volver a sus libros, a sus amigos nos queda el emocionado recuerdo de su bondad y de su afabilidad, de su convivencia, siempre simpática y entrañable.

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