Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER | VICTORIANO CRÉMER

La besadora inglesa

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VICTORIANO CRÉMER
León

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ÉRASE que se era un lugar de la Inglaterra de Gibraltar, de Las Malvinas y de no se sabe cuántos lugares históricos, en los cuales la Gran Bretaña puso su planta y se quedó para siempre, como si la hubieran plantado y sulfatado. Y en Newcastle, allá por el Norte de la dicha Inglaterra, vivían felices y contentos un matrimonio compuesto como es normal por dos seres: un varón y una hembra, ambos de cuarenta años y unas tremendas ganas de ser felices.

Celebraban el cumpleaños del macho y tal como al parecer era o es costumbre, se metieron entre pecho y espalda, un par de botellas de vodka. Y, como suele suceder en la Gran Bretaña y en Petersburgo, cuando llevaban ya consumidas las raciones de bebida, se sintieron sentimentales y amorosos como también al parecer es costumbre. Y se besaron con la profundidad que todos los amantes que han bebido dos botellas de vodka suelen hacerlo. Y fue tan apasionado el beso que se tributaron que en el momento crucial de la entrega amososo, se intercambiaron lenguas sin decir una sola palabra.

En el fragor de la refriega sexual, la hembra bravía perdió el seso, que era lo que la quedaba todavía despierto, ensayó lo que en España se conoce con el «Beso del Tornillo».

Y se produjo la catástrofe. Fue tan inaudito el suceso que los periódicos de todo el mundo recogieron los datos para comentarlos en Universidades y Centros de ciencia-ficción.

La voraz o hembra, en un momento de exaltación erótica, había arrancado la lengua de su amado. Y ambos protagonistas se sintieron culpables del delicioso delito, siendo llevados ante el juez. En la Inglaterra de Shakespeare no es lo mismo que en la España de Calderón de la Barca, y un final de esta consideración no se produce ni besando ni tirándose piedras. En España cuando se besa es que se besa de verdad, como asegura la copla, y a ningún amante, por muy exaltado que sea en el momento crucial del beso, se le ocurre morder cuando se tiene en la boca la delicada y deliciosa lengua del Don Juan de su corazón, cosa que en Inglaterra, al parecer, no sucede siempre. Y en este caso, la agresora fue la fémina, la cual se quedó con la lengua de su Don Juan, que por cierto se llamaba Mark, haciendo necesario el transporte del herido de amor al Hospital más próximo, por ver si disponían de su lengua de repuesto o se podría recomponer la malherida... Y cuando me contaban este episodio de la vida inglesa, me sentía recobrado y reconfortado, no porque en España, las señoras estupendas que se besan tengan la costumbre de quedarse con la lengua del galán de un bocado, sino porque en España, señoras y señores, no estamos para besos. Y no hacemos el amor, ni apasionadamente, ni con sosiego, ocupados como estamos sin salir del apuro. El juez británico, en lugar de andar de cacería sin licencia por los bosques de la Grandísima Bretaña, cumplió con su deber profesional, imponiendo a la enardecida varona tres años de cárcel.

¡Ay estos ingleses de Gibraltar! Tan galantes y delicados y cuando beben en demasía o le cortan la lengua a su pareja o se apoderan de su territorio.

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