Diario de León

EL BAILE DEL AHORCADO | CRISTINA FANJUL

Obediencia debida

Cristina Fanjul
León

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DURANTE los juicios de Nuremberg, esos con los que el mundo limpió su conciencia tras la tenebrosa indiferencia ante la Shoa, la mayoría de los acusados se defendieron sirviéndose de la obediencia debida. «Órdenes son órdenes», se justificaban para hacer entender al jurado que la ley marcial era la que había orientado su colaboración en el holocausto. Esta idea convierte al subordinado en un simple objeto, deshabitado de voluntad y, por lo tanto, de responsabilidad. El hombre pasa de ser un ser moral a convertirse en esclavo, abdicando de su libertad. Es algo parecido a las ejecuciones públicas. En ellas, la culpa por la muerte se reparte entre todos los que la presencian, con lo que se difumina y desaparece, como la conciencia.

Cuando Federico Trillo asegura que todo lo que hizo, lo hizo para aliviar en parte el dolor de las familias, reconoce de manera inconsciente que fue él quien decidió que la solución al fiasco del Yakolev se sellara lo antes posible. Después vino ese fraude semántico, ya saben, «respeto la decisión judical pero no lo comparto». ¿Qué quieren? No comparto que dos y dos sean cinco, con lo que tampoco lo respeto. Pero, vayamos a la cuestión. No seré yo quien defienda la inocencia del general Navarro. Simplemente, no creo en la obediencia debida; ni siquiera en tiempos de guerra. La mayoría de las veces se convierte en el mejor pasillo para ayudar a los torturadores. Pero cuando Trillo dice que tiene la conciencia tranquila, está asumiendo que abdicó de su responsabilidad, o bien que aún cree que dio una orden justa. En cualquiera de los casos, ya sea por acción o por omisión, él es el último culpable. Ante esta disyuntiva, esgrimir el recurso fácil de la conciencia limpia es asumir que simplemente, no se tiene.

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