Con viento fresco | JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
Las fronteras del miedo
H ace algunos años, Tarsicio Carballo, líder entonces del Partido del Bierzo, deploraba la construcción de la autovía León-Astorga porque arruinaría el comercio de Ponferrada. La semana pasada, el mismo Tarsicio criticaba a los convocantes de una manifestación en El Barco de Valdeorras, a la que al parecer asistieron varios miles de personas y algunos artistas e intelectuales sedicentes nacionalistas, porque en ella se llamaba a boicotear el comercio de la capital del Bierzo que, pese a las carreteras aún muy deficitarias, no está a más de media hora de aquella entrañable tierra gallega. Uno piensa en viejos refranes del tipo de «donde las dan, las toman» o «el que siembra vientos recoge tempestades»; aunque también uno sabe por experiencia que todo este tipo de manifestaciones no son sino vanos intentos de poner puertas al campo. Toda llamada a boicotear un producto o una región acaba dándose de bruces con la tozuda realidad.
Quizá la manifestación de los valdeorreses fue una señal del miedo de los comerciantes ante las consecuencias de una crisis económica que arrastramos desde hace veinte meses y que no parece tener un final cercano. El paro y la deflacción, de la que no se habla pero que ya está ahí, provoca una contracción del comercio que lleva a actitudes de sálvese quien pueda. No es, sin embargo, una crisis sin precedentes; hubo en el pasado otras aún más graves pues se carecía de medios para combatirlas, y no provocaron una insolidaridad tan irresponsable. Debe haber otros motivos, no sólo económicos, para que comarcas hermanas, con una tradición histórica de siglos de buenas relaciones, ahora se enfrenten como si fueran dos desconocidas. Los intercambios comerciales entre ambas no son lo único importante en esas relaciones; hay muchos trabajadores del Bierzo y Valdeorras que trabajan indistintamente en una u otra comarca. ¿También habrá que levantar fronteras a esos desplazamientos?
Tales actitudes no tienen solamente un origen económico; estamos cosechando lo que los políticos han ido sembrando en los años pasados al levantar fronteras (lingüísticas, políticas, administrativas) donde nunca las hubo. Ahora esos mismos nos llaman a las urnas el próximo domingo, a unas elecciones europeas, hablando de que el partido se juega en Europa, y gritando que hay que abolir las fronteras entre estados para crear una Europa de los pueblos. Pero para éstos, Europa sólo es el telón de fondo de sus diatribas, que tienen un carácter local, partidista y personal. Una inmensa mancha con tinta de calamar emborrona la vida pública española, y en lugar de hablar de los problemas reales o, en esta campaña, del interés que tienen unas elecciones europeas, se arrojan unos a otros los recientes casos de corrupción (caso Gürtel), nepotismo (subvenciones a empresas con vínculos familiares con Chaves), prepotencia (¿quién asesorará a Zapatero en la utilización de un avión del ejército para asuntos privados?), por poner algunos ejemplos.
Europa es importante, no sólo porque es nuestro mercado y debemos evitar que se cuartee y se levanten nuevamente fronteras, sino porque cada vez más nos afectan las leyes y directivas del Parlamento y la Comisión Europea. PSOE y PP con sus disputas envenenan el debate y arrojan a la abstención a millones de españoles. Las encuestas dan ganador al PP frente al PSOE por un pequeño margen, pero no me parece que los políticos de ambas formaciones sean muy diferentes unos de otros. Hay voces discrepantes contra ese obtuso bipartidismo, como las de Rosa Díez y Sosa Wagner que, desde la honestidad, traen un aire fresco al debate pues hablan con claridad, sentido común y autoridad de cosas que conocen bien, por ejemplo la deriva del Estado autonómico hacia una creciente insolidaridad. ¿Será posible aún detenernos al borde del abismo y derribar las fronteras del miedo?