Tribuna | enrique soto
El aborto en conciencia
Ahora que la cuestión del aborto vuelve a estar en el candelero y a encender pasiones, quiero compartir unas reflexiones que me hice hace unos meses, en el 60 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos por la Asamblea General de la ONU. De entrada, hay que reconocer que el tema del aborto es complejo y polifacético, pues implica aspectos políticos, legales, penales, económicos, sanitarios, psicológicos, pedagógicos, éticos, religiosos, etcétera. Es un asunto muy delicado cuya justa comprensión exige el ser abordado desde todas las perspectivas. Mi pretensión en estas líneas no pasa de esbozar un acercamiento filosófico. A mi parecer, lo más trascendente de la Declaración no es el hecho en sí de su proclamación, el 10 de diciembre de 1948, sino el que los Derechos Humanos llegasen a su madurez y se hiciesen evidentes en las conciencias de los hombres; si no de todos, sí de los suficientes como para que la Declaración saliera adelante. La idea de los Derechos Humanos, fruto en el que convergen aportaciones provenientes de la filosofía griega, el derecho romano y la ética cristiana, implica la consideración de la persona humana en su dimensión individual. Nuestra cultura, greco-romana y cristiana, contempla a la persona humana como sujeto de dignidad, valores y derechos. Así fue como se alcanzaron algunos de los logros atribuibles a esta civilización: la superación de la poligamia, la abolición de la esclavitud, el progreso de la democracia, el ideal de justicia frente al de venganza, la predilección por los pobres y necesitados, los derechos y libertades individuales, la repulsa de la pena de muerte independientemente del delito cometido… Estos logros no se consiguieron de una vez ni todos a un tiempo, sino progresivamente a lo largo de más de dos mil años; como una semilla que ha empezado a dar sus frutos, pero que no ha alcanzado su pleno desarrollo. En cada época los hombres se sitúan en el mundo y actúan conforme a los paradigmas filosóficos en vigor. El conocido como postmoderno, que actualmente se va imponiendo, encierra una grave contradicción con los fundamentos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamados como intrínsecos a su naturaleza e iguales en todos los miembros de la familia humana. Y es que el postmoderno niega las verdades objetivas, sobre todo las de tipo ético, reduciendo la moral a simple conveniencia hedonista o interesada, y reduce las leyes, incluidas las morales, a pura convención. De modo que, no hay sujetos de derecho si no se les reconoce previamente por ley. Todo esto tiene su reflejo inevitable en el tema del aborto. Desde el punto de vista pre-postmoderno, el de la Declaración de los Derechos Humanos, el hombre tenía por naturaleza una dignidad intrínseca que conllevaba unos derechos, el primero de los cuales era el de la vida; podíamos y debíamos ser responsables de otras personas pero nunca éramos sus dueños. Algunos aún mantenemos estos planteamientos. Sin embargo, para el postmoderno, todo es pura convención; el legislador establece los derechos que tiene cada persona y decide quién es persona. El legislador puede convenir hoy considerar persona al ser humano desde su concepción, o puede considerar mañana que es persona desde el tercer mes de gestación o desde el sexto, o desde el momento del nacimiento o desde que se le inscribe en determinado registro; o puede acordar que para ser inscrito en el registro de personas humanas se tengan que cumplir unos requisitos como estar libre de ciertas deficiencias o cumplir determinadas propiedades genéticas. Y así, como por sorpresa, nos encontramos con que, condicionando el reconocimiento del ser persona al cumplimiento de unas cláusulas arbitrarias previamente convenidas, lo que estamos haciendo es cosificar al ser humano. En este punto ya hemos perdido la base filosófica de todo lo que nos costó tantos siglos alcanzar. Si así se socava el derecho a la vida, ¿qué puede llegar a pasar con todos los demás? El cristianismo aporta la perspectiva de una dimensión ética objetiva. Es decir, una moral basada en el presupuesto de que hay un bien y un mal objetivos que el ser humano examina con el uso de su capacidad racional. Consideración ésta que no gusta a la mentalidad postmoderna, tanto por su pereza para el uso de la razón como por su rechazo a la objetividad de la verdad. La postmodernidad se instala indolente en el subjetivismo y en el relativismo. Pero incluso Einstein, en quien los relativistas morales creen equivocadamente encontrar un aval científico —eso les pasa por no saber física—, lamentaba y sufría por la deriva contracultural que ya en sus años empezó a vislumbrar. Tal y como se plantea en España, tanto en la actual legislación como en el proyecto que se encuentra en debate, se prescinde del papel y responsabilidad del padre a la hora de decidir un aborto, lo cual resulta sobrecogedor. Una mujer puede decidir abortar o no. Un médico o una enfermera pueden colaborar para realizar el aborto o pueden objetar en conciencia y no hacerlo, aunque el legislador parece querer menguar su derecho a la objeción de conciencia. Pero el aborto nos incumbe a todos, tanto por nuestro papel como, al menos, testigos de lo que está aconteciendo como por su financiación por parte del estado del que formamos parte. ¿O pueden los ciudadanos alegar razones de conciencia y no cooperar al aborto con sus impuestos? Parece correcto y necesario que se intervenga con criterios médicos en los casos en que la vida de la madre, del hijo, o de ambos, está en juego; por ejemplo: en un embarazo ectópico. Pero quiero poder objetar a cubrir con mis impuestos un aborto cuando la madre simplemente preferiría no estar embarazada. Ahora que estamos haciendo la Declaración de la Renta, quiero poder optar entre asignar el porcentaje que corresponda a financiar esos abortos o asignarlo a ayudas a la maternidad. Quiero poder poner esa cruz.