Los mejores años
En blanco | javier tomé
E c hando un vistazo a la primera fila de la actualidad, ya era hora de que la devaluada televisión pública acertara con un programa como «Los mejores años de nuestras vidas», biografía afectiva y musical de la banda sonora correspondiente a las últimas décadas. Un universo acogedor y entrañable, jalonado por el arsenal de argumentos sonoros teñidos por el romanticismo nostálgico de los buenos tiempos perdidos.
Allá por los años 50, el país apenas lograba dejar atrás una piojosa posguerra y España, hay que reconocerlo, era una suerte de corrala donde las gentes gastaban boina. La beatería y los prejuicios campaban a sus anchas por la vieja piel de toro manejada por el sable y el altar. Un horizonte en blanco y negro que vivió con sobresalto la irrupción de la vibrante década de los 60, tiempo amarillo de oro joven en el que las ruedas del progreso comenzaron a girar, hasta el punto de elevar a un país agrario y subdesarrollado al puesto décimo entre las grandes potencias industriales y económicas.
Grupos míticos como los Beatles o los Stones pusieron el mundo boca abajo y cambiaron para siempre los gustos de una juventud, la llamada generación ye-yé, ataviada con pantalones de campana y camisas floreadas que hoy nos parecen una apoteosis de horterez. Nacieron por entonces los guateques con su ceremonial de ritmos desenfrenados y bailes lentos, muy apropiados para el eterno faje entre hombre y mujer. Aquella revolución sexual y de costumbres tuvo sus himnos, pespunteados por frases que ya han pasado al imaginario popular. Un tiempo de ilusiones y esperanzas, en el que se labraron los tejidos del futuro y España fue cada vez más próspera y menos excepcional.