Diario de León

la opinión del lector (I)

A los quince días

Publicado por
Gregorio Álvarez Sandoval, sacerdote. LEÓN
León

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El 15 de mayo del 2009 fallecía mi sobrina Arancha, a los 39 años de edad, víctima de un cáncer de médula. Estaba casada con Carlos y tenían un hijo, Iván, de tan sólo 4 años. La despedíamos al día siguiente, en «olor de multitudes», dejándola en las manos del Buen Padre Dios. Unos días antes enfermaba y era hospitalizada su abuelita y mi madre, Asacia Saldoval Melón. Le faltaban tan sólo 15 días para cumplir 100 años. Se iba debilitando poco a poco y temíamos lo peor… Con la ayuda de los médicos fue tirando hasta llegar al 28 de mayo y cumplir los tan deseados 100 años. Yo, su hijo sacerdote, Gregorio Álvarez Sandoval, celebré en la intimidad la Misa de Acción de Gracias, aplazando un pequeño homenaje preparado para otro día si ella se recuperaba. El día 30 de mayo, con 100 años y 2 días, cerraba los ojos a este mundo para abrirlos a los del cielo. En sólo 15 días nos dejaban nieta y abuelita. ¿Recuerdos? Muchos y emotivos: las dos derrochaban simpatía, cariño y amor. Arancha especialmente para su pequeño; mi madre, para todos. Seguirán haciéndolo desde el cielo. Como a los 100 años nos merecemos un pequeño homenaje quiero dárselo a mi madre públicamente. Nacía el 28 de mayo de 1909 en Pobladura de los Oteros. En otro mayo, en 1932, se casaba con Severiano Álvarez, mi padre. En marzo de 1937 fallecía su esposo. El médico certificó: peritonitis-cólico; el saber popular leyó: «cólico miserere». Cinco años casada y cuatro hijos de 4, 3, 2 y 1 año de edad. Se convertía en «la viuda». Y así 72 años. En 1937 eran años difíciles… trabajó y bregó lo suyo para sacar adelante a sus cuatro hijos, llegando a dar carrera a dos: un sacerdote y un maestro-nacional. Su lema: «rezar trabajando y trabajar rezando». Vivía del campo. Si las cosas iban bien: «Gracias a Dios»; si se torcían: «Pedir ayuda a Dios». Su cultura, elemental, de pueblo pequeño, eso sí, cien por cien religiosa. Resaltaría su extraordinaria memoria: se sabía el Catecismo del padre Astete, oraciones del cristiano del Tiempo Litúrgico… pero sobre todo oraciones «romance»: Cuántas veces la oí rezándonos a sus hijos: «Levántate, Juan, la Virgen se está peinando»; «Yo tengo un escapulario.»; «Con Dios me acuesto», «San Antonio de Padua», y sobre todo el «Jesucristo va pa misa». Conocía todos los eslabones de su árbol genealógico. 100 años: 50 en su pueblo, 10 conmigo en parroquias y 40 en León, con todos. Murió santamente. Recibió, rezando, la Unción de Enfermos, de mano de su hijo sacerdote y al acercarse su final, entre otras confidencias, cogiéndome de la mano, me decía: «Sé que me voy a morir, no sé cuándo, ni cómo, lo que sí sé es que si me muero en pecado mortal me condenaré por toda la eternidad». Yo le dije: «¿Y el amor de Dios?» Y ella apretándome más fuerte de la mano asintió con los ojos y con la cabeza. El día que cumplió 100 años, a la caída de la tarde, la visitó el señor obispo, don Julián; le dio la bendición y un beso en la frente. La vi emocionada y agradecida. A sus cuatro hijos, cinco nietos y 2 biznietos nos quería con locura. Murió querida y atendida por todos nosotros. Hoy descansa ya junto a su marido, nuestro padre, en el panteón familiar de su pueblo. Arancha, mi sobrina, y Asacia, mi madre, celebraron este año la Pascua de Pentecostés en el cielo. Para las dos: «Feliz y eterna Pascua de Pentecostés». Gregorio Álvarez Sandoval, sacerdote. LEÓN A los quince días El 15 de mayo del 2009 fallecía mi sobrina Arancha, a los 39 años de edad, víctima de un cáncer de médula. Estaba casada con Carlos y tenían un hijo, Iván, de tan sólo 4 años. La despedíamos al día siguiente, en «olor de multitudes», dejándola en las manos del Buen Padre Dios. Unos días antes enfermaba y era hospitalizada su abuelita y mi madre, Asacia Saldoval Melón. Le faltaban tan sólo 15 días para cumplir 100 años. Se iba debilitando poco a poco y temíamos lo peor… Con la ayuda de los médicos fue tirando hasta llegar al 28 de mayo y cumplir los tan deseados 100 años. Yo, su hijo sacerdote, Gregorio Álvarez Sandoval, celebré en la intimidad la Misa de Acción de Gracias, aplazando un pequeño homenaje preparado para otro día si ella se recuperaba. El día 30 de mayo, con 100 años y 2 días, cerraba los ojos a este mundo para abrirlos a los del cielo. En sólo 15 días nos dejaban nieta y abuelita. ¿Recuerdos? Muchos y emotivos: las dos derrochaban simpatía, cariño y amor. Arancha especialmente para su pequeño; mi madre, para todos. Seguirán haciéndolo desde el cielo. Como a los 100 años nos merecemos un pequeño homenaje quiero dárselo a mi madre públicamente. Nacía el 28 de mayo de 1909 en Pobladura de los Oteros. En otro mayo, en 1932, se casaba con Severiano Álvarez, mi padre. En marzo de 1937 fallecía su esposo. El médico certificó: peritonitis-cólico; el saber popular leyó: «cólico miserere». Cinco años casada y cuatro hijos de 4, 3, 2 y 1 año de edad. Se convertía en «la viuda». Y así 72 años. En 1937 eran años difíciles… trabajó y bregó lo suyo para sacar adelante a sus cuatro hijos, llegando a dar carrera a dos: un sacerdote y un maestro-nacional. Su lema: «rezar trabajando y trabajar rezando». Vivía del campo. Si las cosas iban bien: «Gracias a Dios»; si se torcían: «Pedir ayuda a Dios». Su cultura, elemental, de pueblo pequeño, eso sí, cien por cien religiosa. Resaltaría su extraordinaria memoria: se sabía el Catecismo del padre Astete, oraciones del cristiano del Tiempo Litúrgico… pero sobre todo oraciones «romance»: Cuántas veces la oí rezándonos a sus hijos: «Levántate, Juan, la Virgen se está peinando»; «Yo tengo un escapulario.»; «Con Dios me acuesto», «San Antonio de Padua», y sobre todo el «Jesucristo va pa misa». Conocía todos los eslabones de su árbol genealógico. 100 años: 50 en su pueblo, 10 conmigo en parroquias y 40 en León, con todos. Murió santamente. Recibió, rezando, la Unción de Enfermos, de mano de su hijo sacerdote y al acercarse su final, entre otras confidencias, cogiéndome de la mano, me decía: «Sé que me voy a morir, no sé cuándo, ni cómo, lo que sí sé es que si me muero en pecado mortal me condenaré por toda la eternidad». Yo le dije: «¿Y el amor de Dios?» Y ella apretándome más fuerte de la mano asintió con los ojos y con la cabeza. El día que cumplió 100 años, a la caída de la tarde, la visitó el señor obispo, don Julián; le dio la bendición y un beso en la frente. La vi emocionada y agradecida. A sus cuatro hijos, cinco nietos y 2 biznietos nos quería con locura. Murió querida y atendida por todos nosotros. Hoy descansa ya junto a su marido, nuestro padre, en el panteón familiar de su pueblo. Arancha, mi sobrina, y Asacia, mi madre, celebraron este año la Pascua de Pentecostés en el cielo. Para las dos: «Feliz y eterna Pascua de Pentecostés».

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