Diario de León
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León

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Con viento fresco JOSé a. balboa de paz

En el que probablemente es su mejor libro - El mundo del ayer (Acantilado, 2002)-, especie de memorias escritas poco antes de suicidarse por la magnitud de los horrores del nazismo, el escritor austriaco judío, Stefan Zweig, escribe que la mejor definición de la época anterior a la Primera Guerra Mundial, en la que se crió y creció, sería la de una edad de oro de la seguridad. Todo en la doble monarquía austrohúngara parecía asentarse sobre la duración y la seguridad, y hasta el propio Estado, con su viejo emperador al frente, parecía la garantía de aquella estabilidad, pues todo tenía su norma y su medida. Las recias casas eran hogar seguro para hijos y nietos; tierras y negocios se heredaban de generación en generación. Luego vino la guerra del 14 que desintegró el imperio austrohúngaro en diversos estados independientes; se sucedieron la crisis económica de los años veinte y a continuación, sin solución de continuidad, la de los treinta, que arruinó muchas de las viejas economías familiares; creció la inseguridad; surgieron los totalitarismo; se acabó la era de la razón. Un creciente nihilismo gnoseológico, metafísico y ético, que hundía sus raíces en la filosofía kantiana y en sus vástagos del siglo XIX, hasta alcanzar su paroxismo en Nietzsche, se extendió como mancha de aceite hasta eliminar todo fundamento que diese sentido y valor a la vida. En el olvido del ideal de la verdad, en el materialismo, la pérdida del sentido del Cosmos, la despersonalización, la increencia religiosa, se encuentran muchas de las claves de las atrocidades de buena parte del siglo XX, y de la inseguridad que muchas países y gentes vivieron especialmente en los años de la Segunda Guerra Mundial.

La reconstrucción de las economías occidentales durante la postguerra, el creciente nivel de vida, las mejoras educativas y sanitarias, y un trabajo que parecía estable y seguro devolvió la confianza a muchos europeos. Una ola de optimismo, consumismo y hedonismo marcó la segunda mitad del siglo XX, con algunos pequeños altibajos. Aunque el ideal de muchos trabajadores ha sido la seguridad del funcionario, las mejoras sociales contribuyeron a no tener un miedo excesivo al futuro. Algunos trabajos parecían para toda la vida, incluso para los hijos y los nietos. Si a causa de crisis temporales el trabajo se perdía, siempre había la posibilidad de encontrar otro; o al menos, los seguros privados, la Seguridad Social, las pensiones públicas eran una garantía y una seguridad. No había nada que temer. Nuevamente, en ese clima de optimismo, las viejas filosofías reivindicaron el progreso, la ciencia, la razón, como nuevos ídolos a los que postrarse y adorar; pues ya no habría más disturbios ni revoluciones.

La crisis económica de estos últimos meses, con su secuela del paro, pone nuevamente sobre el tapete el problema de la seguridad. No me refiero sólo a la inseguridad pública, aunque España se ha convertido en el paraíso de las mafias y de las bandas de delincuentes, que encuentran en nuestro país leyes permisivas y un sistema procesal con muchas deficiencias. Me refiero, en realidad, a la seguridad o inseguridad personal de tantos españoles que se quedan en el paro. Estos días un banco, en el pasado garantía de estabilidad, ha propuesto a sus trabajadores un plan de jubilaciones temporales, por varios años, mientras la situación escampa. Muchos esquemas mentales se están derrumbando. Quizá no estamos a las puertas de la violencia y la guerra; pero hay muchos síntomas de que algo falla en nuestro mundo, que ya no es tan idílico; ya no confiamos tanto en la ciencia, la razón y sobre todo en los políticos.

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