Güevos y gasiosa
En blanco | JAVIER TOMÉ
E n la Villa del Obispo, ocurrió en fechas recientes una fraternal y copiosa comida, confeccionada a base de viandas calientes. El convite, libertario y paponil, estaba justificado por el éxito de una colección, escrita con el corazón, que trajo en jaque a León allá por el mes de abril. Y es que nuestro periódico, atento al interés general, puso en blanco sobre negro el eterno ritual. Allí estaban, entre otros penitentes y público vario, el cronista don Jorge Revenga, especialista en poetizar el cortejo, venga por donde venga. Le acompañaba Miguel Ángel Zamora, siempre puntual y a su hora, informando por escrito a los lectores de los diarios pormenores de una tradición que huele a flores.
Casi como las bebidas espirituosas, el bonito, las almejas y esos chupitos de ojén que, la verdad, nos sentaron fetén. Otros nombres de extraordinario postín se sumaron al festín. Por ejemplo, Rafa Blanco, que tanto en vino como en asuntos pasionales tampoco se queda manco. O Susana Vergara, ataviada de rojo nazareno por no faltar al espíritu del ceremonial eterno. Había otras mujeres, de muy lucida estructura, paponas y no paponas, pero la verdad, todas muy monas. Eso pensaban Rioja, Lesmes o Manolín, que objetivo en mano retrató para la posteridad tan sensacional festolín. Y como maestro de ceremonias el llamado crapulosamente Motorines, un hombre cordial y pluriempleado que lo mismo te rasea, cubre carreras de coches y, desde tiempo inmemorial, es el amo de las noches.
La voz del pueblo demanda, con más que justificada razón, incluirlo en la lista de santos, pues tiene méritos tantos y una linda pajarita. Dios así lo quiera, pues ha prometido otra cena, con güevos a la tortilla y gasiosa de alacena.