Diario de León
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c. fidalgo
León

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Franco tardó dos años en inaugurar aquel pantano. Llegó en un día de calor, vestido con traje de civil y elegante sombrero, acompañado de generales y almirantes, algún jefe de la Falange y más de un palmero. Dejó una placa, y quien sabe si unas flores sobre el agua, pronunció algunas palabras, seguro, y después se volvió al Pardo, para continuar dirigiendo los destinos de España.

Han pasado cincuenta años desde que en el verano de 1959, la España de Franco anegaba los pueblos de Bárcena del Río y Posada después de construir el mayor embalse del Bierzo. Trescientos diez millones de metros cúbicos de agua, ahí es nada, que obligaron a desalojar a 460 vecinos. Todos tuvieron que dejar sus casas, sus huertas y lo más doloroso, a sus muertos bajo una capa de hormigón cubriendo el cementerio para evitar que las corrientes removiesen las sepulturas.

Para muchos ancianos de aquella época, dejar sus casas, sus difuntos en el camposanto cubierto de cemento, fue un verdadero trauma. Elidio Rodríguez, uno de los organizadores de la romería que ayer conmemoró el quincuagésimo aniversario de la inundación, recordaba hace unos días que a más de uno lo tuvieron que sacar a rastras. Los más jóvenes, con menos apego a la tierra y a los recuerdos, se fueron de mejor ánimo, aunque casi todos, sólo lo hicieron cuando les pagaron al menos una parte de las expropiaciones y en vista de que las autoridades habían cerrado las compuertas y el nivel del agua subía, y subía, hasta alcanzar las dos poblaciones habitadas.

Ayer depositaron un ramo de flores en la orilla del pantano. Se trajeron a los dos santos de los pueblos desde la iglesia de Bárcena del Bierzo —antigua Bárcena del Caudillo y construida para albergar a los vecinos desalojados, como sucedió después con Riaño— y los pasearon en un carro de bueyes, como en 1959, para celebrar luego una fiesta campestre.

Nadie duda hoy de los beneficios del pantano de Bárcena. Riega 12.000 hectáreas de terreno en la margen derecha del río Sil y la izquierda del río Cúa, produce electricidad, y abastece, con la nueva traída de agua, a una parte de Ponferrada. Sin contar con el lugar de recreo en el que se ha convertido. El precio, muy alto, lo pagaron dos pueblos que permanecen sumergidos bajo las aguas, con sus muertos, con sus fantasmas. Nunca se me ha pasado por la cabeza navegar en el embalse, no soy hombre de barcos. Pero si alguna vez se me ocurriera alejarme un poco de la orilla en algo que flote, les confieso que tendría que hacer un esfuerzo para no escudriñar en el agua oscura.

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