Diario de León

La Bodega del Niño, patrimonio del Bierzo

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León

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Con viento fresco josé a. balboa de paz

Había en mi calle una bodega que ocupaba el bajo de una casa, cuya planta principal, en los años cincuenta, había sido habilitada para albergar dos aulas, una de las cuales, la de don Venancio, frecuenté siendo niño. La bodega, con sus ventrudas y centenarias cubas de roble, recorría el bajo de la casa, con dos puertas que permitían la entrada por las calles situadas al norte y al sur del edificio.

Al salir de la escuela, a veces mi padre me enviaba a por vino. Al pie de una de las cubas, en una silla baja, un hombre atendía a los parroquianos; unas veces era el propio dueño, Manolo el Alcalde, pero mas frecuentemente se encontraba allí Raimundo el Puto, un funcionario municipal que, al finalizar su tarea, pasaba en la bodega las últimas horas de la mañana y la tarde atendiendo a los parroquianos.

Por entre las cubas, sigiloso, vagaba un hombre seco y taciturno que respondía al nombre de Harold, que atendía las viñas, cosechaba las uvas y, con el dueño, hacía el vino. A veces, con el Niño, el hijo menor del dueño y conmigo, que era su amigo, jugaba a la tríngula, un extraño juego de naipes del que ya he olvidado sus reglas, pero en el creo recordar que el valor de las cartas era diferente al que normalmente tienen la brisca o el tute. Cuando estaba alegre, con su voz aguardentosa, cantaba viejas canciones populares, una de las cuales aprendí de sus labios: «Por dónde vas a misa, que no te veo. Voy por un caminito, que han hecho nue vo. Si quieres pasar pasa, que yo ya estoy aquí adentro». Cuando murió, aquellas tareas las ocupó Gandón; pero para entonces, ya en mi juventud, en más de una vendimia, con los hijos del dueño, también yo arranqué en la en la prensa el oloroso mosto.

No era es el único fantasma que aún vaga entre sus cubas, pues éstas repiten los quejidos del hermano de Harold, el Mudo o los cantos del Castelao, Geleiro y tantos otros de apodos casi innombrables. Pero la bodega, en aquellos tiempos, no era sólo el lugar donde alegraban sus vidas algunos curiosos personajes de Cacabelos, sino un lugar de reunión y tertulia donde se comentaban los chascarrillos del pueblo o, bajo la batuta de Eugenio García, se discutía de historia local y se preparaban excursiones de la Peña el Pedrusco para descubrir nuestros orígenes celtas y romanos.

Recuerdo una de ellas al monte de Espanillo en donde, bajo la hierba reseca del verano, algunos querían intuir la oquedad de las viviendas castreñas; aunque lo único que descubrimos, después de algunas paladas de tierra, fueron las sardinas y el vino que siempre acompañaba aquellas descubiertas. Es probable que tales excursiones nos llevaran, ya en la Universidad de Oviedo, a unos a estudiar Historia, a otros Biológicas.

Terminados los estudios, parecía que la saga familiar, que durante años y años había mantenido abierta aquella bodega abanderada, es decir en donde, al vaseo o por litros, se vende el vino de la cosecha propia, moriría irremisiblemente. Pero no fue así. El Niño, olvidando su licenciatura en biológicas, renunció a convertirse en un funcionario del Estado y aguantar niños, como su hermano, y tomó en sus manos aquella vieja bodega, que apenas modificó. Como su padre, al pie de la cuba, cabe la llave de la espita y la atenta mirada de Lúa, continuó atendiendo a una nueva parroquia, aunque con más frecuencia dejó esa tarea en manos del bueno de Tano quien, de forma altruista, llena los vasos con diligencia.

Toño Criado, periodista que ejerce en Madrid pero que lleva el Bierzo en el corazón, con el pintor Pepe Carralero, el editor Vidal Herrero y el Visi, han reunido el pasado viernes a muchos amigos del Niño para homenajearlo por haber logr ado conservar esta reliquia de bodega única y extraordinaria, que hemos proclamado, por nue stra cuenta, Patrimonio del Bierzo.

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