Monjas en fuga
En blanco | javier tomé
El rosario de desplantes y calamidades relacionado con las monjas carmelitas asentadas antaño en Grajal de Campos, y fugadas hace un par de años a Toledo, sigue una delirante deriva, ribeteada de sustos y esparabanes. Les recuerdo, en dos palabras, una historia que parece surgida de la imaginación de Buñuel. A pesar de todos los Ángelus rezados por las buenas hermanas, y según la versión eclesial, el convento se les llenó de termitas y se vieron forzadas a buscar nuevos horizontes.
El problema es que, seguramente sin querer, se les subió el santo al cielo y partieron con ellas tres tallas que los vecinos de Grajal reclaman como suyas, al tiempo que se quejan porque les han quitado hasta la camisa. ¡Por los clavos de Cristo! En su momento, el asunto casi genera una revuelta social, aunque las monjas se llamaron a andanas. Así lo dejó de claro Sor Maravillas: lo que amarramos ya no lo pillan. O Sor Raimunda: al que lo pida le meto una tunda.
La guerra entre el pueblo de Grajal y las desaparecidas carmelitas no conoce tregua ni pausa, pues el conflicto se ha reavivado a partir de la devolución de las llaves al obispado realizado por las monjas ful, siempre con la condición de que la iglesia se dedique al culto católico. Ciertas voces afirman que nadie puede ceder lo que no es suyo, algo que así a primera vista parece tener buena lógica. Sin embargo, de las imágenes escamoteadas, ni palabra. ¡Leñe con las monjitas! Los anticlericales han aprovechado la ocasión para recordarnos a todos que la religión cristiana en un error consistente y muy poderoso, pero eso es todo. Y ponen como ejemplo de sus rabiosas teorías el supuesto tocomocho imaginero, digno de ser planeado por el pérfido y taimado San Juditas.