el legado (y 18) | victoriano crémer
El enemigo contraataca
Se menciona con fruición y conocimiento el Protocolo, que viene a ser como la norma, la orden o la ley que traza las líneas de defensa. Cuando de una circunscripción militar se dice que le fueron aplicados todos los remedios previstos por el protocolo, es para echarse a temblar, o ya como declaran en Dos Hermanas, tierra sevillana de apasionado andalucismo, es para coger la manta y tenderla en el suelo sagrado de las tradiciones militares y «jartarse a dormir».
Doña Trinidad Jiménez por un lado y la Capitana General de los arcabuces hispanos por otro, andan angustiadas por la presencia en el país medio urbano y medio militar dispuestos los invasores a dominar y derrotar en toda línea a los soldaditos valientes de la España de los Tercios de Flandes convertidos en enfermos o mejor en heridos preocupantes.
El virus, el virus, ¡que viene el virus A, americano y azteca! Y en el acuartelamiento de León, se ha producido la fragorosa epidemia: Cerca de cien soldados sin graduación fueron retenidos y aislados del común de vecinos, con fiebre alta y valor supuesto. Y aquí fue cuando las heroicas y bien dotadas mujeres del Gobierno de la ínsu la invadida por el virus se han apresurado a coger el protocolo por los cuernos y han dado la cara en la refriega. Al principio, tanto la señora Chacón como la no menos señora Jiménez, lanzaron un decreto en el cual se advertía, para general conocimiento y tranquilidad de los míseros infantes de la mejor tropa del mundo, que ni había por qué temer ni por qué preocuparse, que en León, tierra de hombres fuertes y resistentes por tanto, el virus no tenía nada que hacer y que en verdad solamente había osado dejarse cubrir por la fiebre, pero muy débilmente, casi se podría decir que amablemente. Y la faltó tiempo a la doña ministra del producto, para asegurar, diríamos que con la mano puesta sobre el mosquetón de la guerra del catorce, que el dicho virus andaba ya de capa caída y que los afectados por la fiebre se reponían tan rápidamente que más que por efectos del protocolo, había sido el milagrero santo Isidoro el que ha hecho posible el milagro de la curazón de nuestros soldados.
Las dos generalas de la armada y de la que se pudo armar, respiraron con satisfacción proclamando lo que ellas y sus superiores, si les hubiera, habían contribuido a la derrota del dicho virus, antes de que se declarara en rebeldía y convirtiera a los soldaditos enfermos, en agónicos de uniforme. También los soldados mueren en la guerra, pero es tan sucio que perezcan de virus que la nación paisana se apresuró a sublevarse antes de que la fiebre fuera a más y la zona del Ferral se convirtiera en campo de desolación. ¡Y el prodigio se produjo, (se está produciendo), mediante la acción benemérita de dos mujeres de armas tomar, doña Trinidad y la ministra de Defensa. Consiguieron, con sus discursos y sus actos animosos dominar la situación, sin bajas y sin hacer uso excesivo del protocolo... Gracias señoras, que Santiago Matamoros os lo pague... «La guerra pasó llorando, con un millón de ratas grises...» que escribió Federico, muerto sin protocolos.
Nota: Fallecido el pasado día 27 de junio a los 102 años de edad, Victoriano Crémer había adelantado, según su costumbre, una serie de artículos que el Diario de León, interpretando que cumple la voluntad del autor, publica bajo el epígrafe El legado y la referencia numérica de cada uno de ellos.